Hablemos de política

He dejado atrás la cuesta de enero, tras acabar y entregar un largo trabajo que ha ocupado mis horas y que ha tenido impactos diametralmente opuestos en mi seguimiento de la situación política actual en España. El primer aspecto es negativo: no he podido seguir al detalle todo lo ocurrido estas últimas dos semanas. Me he tenido que conformar con titulares, tweets, publicaciones en Facebook de cuñaos o noticias superficiales y generalmente tendenciosas, que no he podido contrastar con otras fuentes como a mí me gusta. El segundo es positivo: puedo ahora escribir un billete con más información y calma, y cierta visión de conjunto. En mi primer post de política española del año, hablaré de grupos parlamentarios, de casta y de pactos.

Los grupos parlamentarios

La polémica de los grupos parlamentarios es un reflejo de lo que es la política en España: mucho ruido y pocas nueces. Habiendo leído por encima el reglamento del Congreso, interpreto que Podemos y las confluencias no tenían derecho a cuatro grupos separados: las diferentes confluencias debían haberse enfrentado electoralmente a Podemos, lo cual no ocurrió. Es un simple matiz, pero en este caso la regla es clara y hasta que no se cambie, hay que jugar con ello. Es una pena que la decisión de no autorizar grupo parlamentario haya desembocado en la ruptura con Compromís. Compromís no es un adversario, sino un aliado y estoy férreamente convencido que las confluencias con las diferentes fuerzas progresistas a nivel regional son formulas ganadoras y positivas a la hora de resolver determinados problemas políticos.

Por otra parte, la polémica de los grupos parlamentarios se inscribe en el marco de un proceso ‘destituyente’ que no logra convertirse en constituyente aún.  Dentro de España han surgido voces, que con mayor o menor fuerza, urgen a la revisión de la estructura territorial; yo como extremeño me uno a esa llamada. Es necesaria la formación de un equilibrio político entre fuerzas ‘nacionales’ y fuerzas ‘regionales’ que favorezcan el pluralismo político y la descentralización del poder. La combinación de un enfoque nacional y otro más local, con diputados defendiendo a la vez los intereses nacionales y regionales (cosa que hasta ahora no ocurría en el Congreso), permitirá un avance más igualitario y positivo de la economía española. La descentralización del poder permitirá mayor atención a las necesidades regionales. Así, la creación de un grupo parlamentario ‘confederal’, me parece un primer avance en esta dirección. Si además el grupo mantiene una dinámica asamblearia y rotativa será un gran acierto político. A nivel nacional, muy seguramente sea Pablo Iglesias quién hable, pero esperemos ver a los diputados de las diferentes autonomías intervenir de forma activa, evitando así un liderazgo monopolístico.

La casta

Mi segundo punto viene a recordar una palabra que tanto se usó hace dos años y que hoy está un poco olvidada: la casta (salvo el cuñao, el cuñao todavía se acuerda). Casta, establishment, el IBEX, cada uno lo llama como quiera. Mi punto aquí es que siempre que un evento político de magnitud se acerca, como es en este caso la formación de un gobierno, la casta redobla en sus ataques a determinadas fuerzas políticas. En apenas dos semanas hemos vistos descalificaciones personales (Celia Villalobos refiriéndose a las rastas de Alberto Rodríguez), mentiras y manipulaciones descaradas (la ‘exclusiva’ de Antena 3) y hasta amenazas de muerte directas (Jiménez Losantos) entre otras muchas cosas. Por suerte, la inmensa mayoría de ciudadanos españoles logra darse cuenta de las burdas manipulaciones que acaban desprestigiando más a quién las hace que a quién intenta desacreditar (Sólo unas pocas personas siguen ciegamente esta línea manipulativa. Sí lo habéis adivinado: ¡los cuñaos!)

Aparte de los ataques y las manipulaciones, la casta tiene una forma mucho más sutil y efectiva de defender sus intereses: la difusión de sus intereses a través de la prensa. Los editoriales de El Mundo piden la formación de una gran coalición PP-PSOE-Ciudadanos. Los editoriales de El País dejan entender claramente sus pocas simpatías por un gobierno compuesto en parte por Podemos. Su apuesta personal parece ser un gobierno del PSOE apoyado por Ciudadanos (al que de forma casi compulsiva siguen inflando en sus encuestas post-elecciones, hablando de Albert Rivera como líder más valorado). Suave pero lentamente, la prensa con sus editoriales y su lenguaje empuja a España hacia la gran coalición, bloqueando de facto cualquier alternativa social beneficiosa para el país

Un  aspecto importante de la política es ‘marcar la agenda’ (el agendasetting en inglés) y en ello, la prensa tiene un peso desproporcionado. El lenguaje utilizado y la forma en la que la se presentan las noticias influyen en el comportamiento de los políticos y de los ciudadanos. El ruido alrededor de los grupos parlamentarios es un ejemplo muy clarificador. Magnificado enormemente por la prensa, se han obviado decisiones políticas mucho más importantes. Otro ejemplo, es el del tratamiento mediático de las negociaciones. En el parlamento más fragmentado de nuestra historia, dónde todos los partidos saben que tienen que negociar, se ponen exigencias en unos procesos duros y rocosos. Las exigencias de ciertos partidos, que como en cualquier proceso de negociación son sujetas a cambios (y en las que generalmente se pide más de lo que se desea obtener), son calificadas por la prensa como ‘líneas rojas’. De esa forma, consiguen matar dos pájaros de un tiro: mantienen la sensación de intransigencia, y si luego esa exigencia es desechada, llueven las críticas al partido por no haber cumplido su palabra. Dada la composición del parlamento, ya no existen las ‘líneas rojas’, por mucho que la prensa hable de ello.

Los pactos

Tras un mes de tanteo, de faroles y de declaraciones, Pablo Iglesias fue el primero en poner una propuesta de pacto sobre la mesa el pasado viernes, con nombres, ministerios y demandas políticas (El cuñao alocado, con espumarajos en la boca, se rasga las vestiduras y grita: “¡Desastre! ¡Venezuela! ¡Aaargjj!”). En esta enorme partida de cartas en lo que se ha convertido la política español, Pablo Iglesias ha hecho el primer movimiento frente a un Rajoy apático y a un Pedro Sánchez con poco margen de maniobra debido a las tensiones con sus barones. Cabría esperar alguna respuesta, algún movimiento, pero el inmovilismo es total. Rajoy declina intentar la investidura y desde el PSOE, se dice que debe ser el PP quién intente la investidura primero, se dispara contra Podemos, hablando de ‘humillación’, de ‘chantaje’ y se anuncia que se va a negociar con Ciudadanos.

Algunos editoriales y artículos de opinión (algunos poco simpatizantes con Podemos) han calificado la jugada de Pablo Iglesias como un gesto inteligente. En teoría de juegos, hay un concepto llamado first-mover advantage: en determinadas negociaciones, hay una ventaja en ser el primero en ofrecer algo. Es posible que estemos ante semejante situación. Al ser Podemos el primer partido en hacer una oferta formal, la presión y la necesidad de debatir la propuesta pasa a otros partidos. Si la oferta prospera, Podemos entra en el gobierno y se constituye el gobierno más progresista al que se puede aspirar con la distribución de escaños actuales. Si el PSOE declina la oferta, o bien se coaliga con el PP y Ciudadanos o probablemente se llegue a nuevas elecciones. Ahí, el PSOE llegaría debilitado por las luchas internas y por el rechazo a la propuesta de Podemos, corriendo el riesgo de ser superado por su adversario. En todo caso, las ganancias potenciales de Podemos parecen superiores a las posibles pérdidas políticas.

¿Debe Podemos gobernar con el PSOE? El secretismo de la cúpula dirigente de Podemos choca con los principios fundacionales del movimiento, con el ‘espíritu del 15-M’ entre otras cosas. La propuesta ha tomado desprevenidos hasta a sus propios militantes, entre los cuales existe incertidumbre y división sobre la propuesta. No estarían de más asambleas para debatir esta propuesta de pacto. Desde aquí voy a exponer lo que yo creo son los puntos positivos y negativos de un posible pacto PSOE-Podemos. Por un lado, esta coalición sería el gobierno más progresista al que puede aspirar España ahora mismo dados los resultados de las elecciones. Cómo en Portugal un gobierno PSOE-Podemos podría implementar leyes que empiecen a aliviar la difícil situación económica y social. Por otro lado, como advierte Varoufakis, el problema es que no estaríamos ante un gobierno que se opusiese de forma frontal a la Troika y que por lo tanto, Podemos puede verse con las manos atadas a la hora de desplegar todo su potencial anti-austeridad, saliendo dañado de una hipotética experiencia de gobierno. Me consta, que el propio Pablo Iglesias sabe perfectamente esto, como dejó claro en una entrevista el año pasado.

¿Cómo funcionaría un gobierno PSOE-Podemos? En Portugal, el Partido Socialista, el Bloco de Esquerda y el Partido Comunista han superado sus diferencias para formar gobierno. También es cierto que el Gobierno portugués no es ni mucho menos un gobierno férreamente anti-austeridad como lo fue el gobierno griego el año pasado, y que el Partido Socialista hace equilibrios entre las exigencias de la Troika y las exigencias sociales. Aun así, he aquí un apercibido de El País sobre las medidas tomadas desde hace 2 meses por el Gobierno Portugués:

“El Gobierno socialista ha repuesto cuatro días de festivos, ha aumentado el salario mínimo, repone salarios de los funcionarios que habían sido cortados, actualiza pensiones, complementa salarialmente a los trabajadores que reciben menos de 422 euros (medio millón de personas), implanta las 35 horas en los funcionarios públicos (a partir de octubre) y reduce el IVA de la restauración del 23% al 13% (a partir de julio).”

Así, tras dos días reflexionando sobre la conveniencia de entrar en el gobierno junto con el PSOE, mi apuesta personal es la de dar ese paso hacia adelante. Lo considero una decisión arriesgada dadas todas las advertencias y las diferentes variable. Sin embargo, la izquierda tiene varios problemas graves: uno de ellos que está más cómoda en la protesta y en la oposición que gobernando. Por primera vez desde la Segunda República existe la oportunidad en España de que una fuerza progresista y de izquierda radical entre en el gobierno con todas las responsabilidades positivas y negativas que eso conlleva. En 1931, el PSOE, entonces la fuerza más progresista en España,  entró con tres ministros en un gobierno republicano-burgués y logró defender los intereses obreros con fuerza desde su posición gubernamental. Hoy en día, Podemos puede entrar con igual o más fuerza en un gobierno con el que no comparte todas las ideas, pero en el que puede tener un impacto significativo. Seamos valientes y consecuentes con nuestros actos: no desaprovechemos la oportunidad de empezar a cambiar la situación de nuestro país.

Ahora bien, nos equivocaríamos si consideramos esto como la situación ideal. Si el PSOE y Podemos forman gobierno, existe el peligro de que la élite política fagocite lo que queda de movimiento radical y democrático en Podemos. Como dice un filósofo que admiro y respeto, sería un recambio de ‘élites políticas’; no en las políticas aplicadas pero sí en la forma de decisión y de interacción con la gente. Nos quedaríamos a la puerta del cambio exigido hace ya casi 5 años en el 15-M. La única forma de evitar que pasemos a una nueva élite es con una intensa actividad ciudadana y social, que ahora parece completamente desamortizada. Alternativamente, una situación mejor sería la llamada Sorpassokización, una mezcla de sorpasso (una expresión acuñada por IU en los años 90 que habla de la superación del PSOE por un partido de Izquierda Radical) y pasokización (el Partido Socialista de Grecia (PASOK) se hundió tras la crisis económica y su defensa de la austeridad, pasando a la irrelevancia y siendo superado por SYRIZA). Podemos se quedó a unos escasos 350 000 votos de conseguirlo y parece que podrían conseguirlo en unas hipotéticas futuras elecciones anticipadas.

No hablo de la situación catalana, ni de las consecuencias que ello tiene en la formación de gobierno. Me dejo muchísimas dudas, pensamientos y preguntas en el tintero: ¿Quiere Podemos que el PSOE acepte su oferta, o realmente lo hace para que implosione? ¿Qué va a ocurrir ahora dentro del PSOE? ¿Aceptarán la propuesta? ¿Se sentarán a negociar? ¿Está haciendo lo correcto Podemos? ¿Negociará el PSOE con Ciudadanos y/o PP? ¿Habrá elecciones otra vez? Ahora toca esperar y observar.

Me gustaría concluir este largo post con dos temas diferentes. Primero, es importante recordar  que el plano nacional en el que se están centrando las miradas es minoritario en el plano internacional. Y el plano económico internacional no es positivo: las bolsas y los mercados financieros, especialmente los asiáticos, mandan malos augurios. Los expertos parecen coincidir en que el capitalismo mundial se dirige hacia una nueva crisis. En un mundo que no se ha recuperado ni de lejos de la anterior, los potenciales efectos de una nueva crisis serán devastadores. (Y aquí, le recordaré al cuñao: el problema no es la dicotomía derecha/izquierda. Es el capitalismo, estúpido). Las últimas líneas van dedicadas a los Abogados de Atocha, asesinados hace 39 años por unos pistoleros de extrema derecha. En nuestro país, hubo gente que dio su vida para que vivamos libres y en democracia. Que jamás se nos olvide. En vuestra memoria, siempre os recordaremos.

P.S.: Si crees que me dejo un aspecto importante a la hora de analizar esta situación, ¡comunícamelo! Soy consciente de que me he dejado muchos aspectos atrás y estaré encantando de que me lo recuerdes, para tratarlo en otro post o actualizar este. ¡Gracias!

© Mario Cuenda García

Por qué voy a votar a Podemos

Podemos. ¿Por qué Podemos? Tenía 14 años, casi 15, cuando le pregunté a mi padre: ‘Papá, ¿qué es el 15M?’ Desde Bruselas, y leyendo los periódicos, no podía entender exactamente lo que significaba ese movimiento de gente acampando en la Puerta del Sol. Unos días más tarde, habiéndome ya informado, hice una presentación en mi clase de lengua sobre el 15M. De alguna forma, fueron mis primeros pasos en política, en unos momentos dónde la economía europea se derrumbaba, y ningún partido político representaba ya la voluntad de la mayoría social. Unos meses más tarde, participé en mi primera manifestación. Éramos muchas personas aquél 15 de octubre en Bruselas, gritando (¡en español!): ‘¡Que no, que no nos representan!’

Efectivamente, no nos representaban. Recuerdo la noche en el que el PP ganó las elecciones generales. No había que tener conocimientos muy amplios para darse cuenta de que vista la amplia mayoría parlamentaria, venían cuatro años de gobierno sin real oposición, con un PSOE muy debilitado, y desgraciadamente una Izquierda Unida muy minoritaria en el Congreso de los Diputados.

15 M

A lo largo de estos cuatro años, el Partido Popular ha gobernado de forma caciquista, corrupta y antidemocrática. Con un discurso engañoso, y mentiras descaradas, ha ido destruyendo el estado de bienestar y ha empobrecido a la amplia mayoría social. Ha recortado en educación y en sanidad. Ha congelado pensiones y pagas de funcionarios. Esas medidas, basadas en el discurso falaz de la austeridad solo han perjudicado más a nuestro país. El paro ha subido y se mantiene en las mismas cifras ahora en 2015 que en 2011. Decenas de miles de españoles han tenido que emigrar, una auténtica fuga de cerebros, para acabar trabajando de camareros o de mano de obra barata en el extranjero. Miles de familias han perdido sus casas en la vergüenza de los desahucios, ante la completa pasividad del Gobierno, que ha permitido que sus ciudadanos sean echados a la calle sin alternativa habitacional. Un gobierno que ha llevado este país a tener el mayor índice de pobreza infantil en Europa detrás de Rumanía, donde un 28% de la población vive con menos de 8000 euros al año y donde trabajar no te asegura ni siquiera superar el umbral de pobreza.

Por si fuera poco, mientras la población se empobrecía, se rescataba con dinero público a los bancos que con su mala gestión provocaron el hundimiento económico y los españoles veíamos, como día a día, salían más y más casos de corrupción del partido en el poder. Sólo un año llevaba el PP en el Gobierno cuando surgió el caso ‘Bárcenas’, que se sumaba a la ya conocida trama de corrupción ‘Gurtel’. Hay que añadirle a estos dos casos el desmantelamiento de la trama ‘Púnica’ y el caso ‘Bankia’. Cuatro casos de corrupción masivos en apenas cuatro años, que en cualquier otro país digno, hubiese supuesto la dimisión del gobierno. Tenemos memoria: hemos sido gobernados en cuatro años por un partido que se ha financiado de forma ilegal, que ha aprovechado su estancia en el poder para incurrir en actividades condenables y que se ha enriquecido de forma deshonesta mientras la inmensa mayoría de la población se empobrecía.

Frente a estas políticas, se protestó en las calles. Surgieron las mareas verde, blanca, granate y muchas más, para defender nuestros derechos a la sanidad, la educación y al voto. Surgió la PAH, con una de las mujeres más valientes que ha dado este país en muchos años, Ada Colau y frente a la complicidad del gobierno y de las fuerzas del orden, la gente de a pie se unió y empezó a impedir desahucios, con un grito que desde entonces se convirtió en seña de identidad: ‘Sí se puede, pero no quieren’. La PAH hizo que tomásemos conciencia de que el discurso de ‘No hay alternativas’ era falso, porque en política siempre hay alternativas. En España necesitábamos un movimiento parlamentario que defendiese esas alternativas seriamente, y que defendiese con firmeza y seriedad nuestros derechos sociales.

Cuando parecía que todo iba a quedarse en protestas callejeras surgió una iniciativa en enero del 2014, lanzada por un profesor de ciencias políticas, popular por debatir en la televisión española contra los voceros de la derecha mediática. Un hombre, que logró crear un sentimiento de identificación a su alrededor lo bastante fuerte como para atreverse a dar el salto a la arena política. A los cuatro meses, con una estructura todavía incipiente, nacida de la voluntad y la participación ciudadana,  la iniciativa llamada Podemos asaltaba el Parlamento Europeo. Recuerdo perfectamente cómo esos días, más y más gente se acercó al círculo de Bruselas hasta desbordar la pequeña sala en la que nos reuníamos, interesada por este movimiento único que por primera vez ofrecía una oportunidad de participación directa a la ciudadanía y donde la interactuación permitía que se hablase de ‘nosotros’, no de ‘ellos’. La ilusión había comenzado.

Pablo Iglesias

No voy a mentir, el camino desde entonces ha sido duro. Los partidos existentes, la prensa mayoritaria en bloque y los poderes fácticos nos han atacado, nos han difamado y han mentido descaradamente. Para frenar una avalancha que amenazaba a sus intereses, los partidos y diferentes poderes han movido ficha: el PSOE eligió de Secretario General a un candidato joven, pero no ha dado ningún vuelco a su estrategia, situándose ahora mismo como un partido completamente difuso ideológicamente, con declaraciones contradictorias, que no representa una real alternativa al gobierno actual. Por otro lado, la prensa y diferentes poderes, han buscado aupar a Ciudadanos, un partido liberal y nacionalista, como una alternativa al maltrecho bipartidismo.

Pese al ambiente de hostilidad creado por la prensa y los diferentes partidos, la movilización ha cosechado auténticos éxitos absolutamente impensables hace meses. Las alcaldías más importantes de España, Madrid y Barcelona, han pasado a manos de fuerzas de cambio político, así como las ciudades de Cádiz, Zaragoza, A Coruña, Valencia, Pamplona y más. El PP ha perdido sus feudos más importantes. Sólo se ha mantenido en Madrid, su feudo de corrupción, gracias al apoyo de Ciudadanos (que también apoya al PSOE en su nido de corrupción, Andalucía). A los hechos me remito para defender el legado de Podemos. Madrid, Barcelona, Cádiz y las demás, son ahora ciudades más democráticas y transparentes, donde la ciudadanía puede interactuar con sus representantes, que trabajan para ellos. A través de discusiones con empresas eléctricas y bancos, se han logrado avances serios para paralizar los desahucios, que necesitan ser ratificados a nivel estatal, demostrando que dónde hay voluntad, hay soluciones. Se han establecido presupuestos sociales, donde el dinero se invierte en los más necesitados y no en lo superfluo. Os invito a leer por vuestra cuenta las decenas de medidas tomadas para la mejoría de estas ciudades.

Frente a estas medidas de dignidad y de sentido común, los partidos que han construido y se han beneficiado de este sistema económico corrupto, han opuesto una feroz oposición, con el inestimable apoyo de Ciudadanos, que no tiene ningún interés en que dicho sistema cambie. Ciudadanos, defiende las mismas políticas económicas desastrosas y austericidas que han llevado el país a la ruina y mantiene en el poder al bipartidismo en sus dos comunidades más corruptas. Junto a ellos, votan en contra de subir el IBI al 1% más rico de la ciudad de Madrid, necesarias para financiar las medidas sociales que protejan a los ciudadanos, y votan la suspensión de comisiones de investigación sobre casos corruptos. Para financiar su campaña electoral, han contraído una deuda de más de 4 millones con el Banco Popular. Un partido que mantiene al bipartidismo en sus feudos corruptos e imita sus políticas fracasadas así como sus formas de actuar no representa ningún cambio verdadero, sino meramente un cambio de actores para perpetrar una imitación moderna del sistema político y económico moribundo que ha empobrecido a este país.

Voy a votar Podemos porque tengo mil y una razones para hacerlo. Porque somos democracia participativa. Porque somos la renovación frente a un sistema corrupto y opaco. Porque queremos construir un país para su gente. Porque tenemos las medidas económicas adecuadas, respaldadas por economistas internacionales de renombre, para volver a relanzar la economía de este país con el apoyo de todos y no solo de unos pocos privilegiados. Porque defendemos la dignidad y siempre la hemos defendido. Porque defendemos los derechos sociales, y ahora vamos a llevar su defensa al parlamento. Porque cada ciudadano tiene derecho a un techo, a una educación y una sanidad públicas y de calidad que le garanticen una vida digna. Porque defendemos la justicia social. Porque cada generación tiene derecho a decidir sobre su propio destino. Porque abrimos una alternativa democrática para escribir una nueva Constitución, adaptada al 2016 y no al 1978. Porque necesitamos un cambio de modelo energético. Porque nacimos para cambiar este país para mejor. Voy a votar Podemos con la determinación del que quiere echar a andar y construir un país más justo y más próspero donde quepamos todos: el estudiante, el jubilado, el pequeño emprendedor, el obrero, el agricultor, el funcionario, el empleado. Queremos dar una alternativa, porque la hay, y lo hacemos con medidas posibles y realistas, que enfrentan cara a cara los problemas de nuestra sociedad.  Votar Podemos, hoy en día, no sólo es votar cambio, es votar sentido común.

En la canción La vuelta al mundo del grupo puertorriqueño Calle 13, el vocalista René Pérez canta: ‘Si quieres cambio verdadero, pues camina distinto’. Hoy en día, solo Podemos camina distinto y defiende los derechos de la mayoría social. Por ello, voy a votar Podemos, porque en estas elecciones, elegimos entre dejar el poder en las manos de los que han arruinado nuestro país o decidir sobre nuestro propio destino para conseguir una economía justa y social al servicio de los ciudadanos. El cambio empezó ya en las alcaldías en mayo y a partir del 20 de diciembre, lo haremos a nivel estatal. Hace tiempo que no nos contentamos con protestar, sino que decidimos construir juntos este país. No nacimos para resistir, nacimos para vencer, y vamos camino de hacerlo. Todos juntos, Podemos.

© Mario Cuenda García

Reflexiones sobre el debate Rivera-Iglesias

No puedo evitar mojarme sobre el debate ocurrido entre los dos líderes de los partidos emergentes, Albert Rivera, de Ciudadanos y Pablo Iglesias de Podemos el pasado domingo en Salvados. El debate, corto e intenso, dejó una serie de propuestas e ideas muy interesantes por ambos lados, así como una serie de detalles significativos. Sin embargo, como simpatizante de Podemos me dejó un mal sabor de boca. En general, considero que no hubo ‘ganador’ del debate y que buscar uno no es el camino que debe tomar una reflexión seria. La causa de mi malestar, es que vi en la televisión un Albert Rivera seguro de sí mismo, presentando sus políticas con claridad y dejando ver que se había preparado la entrevista a conciencia mientras que Pablo Iglesias quedaba en un segundo plano al no ser capaz de responder a los argumentos de su adversario, teniendo muchos que criticar.

La dinámica a lo largo de todo el debate fue la que aquí presento: Albert Rivera empezó muy seguro presentando sus propuestas sobre empleo, sanidad y reuniones con líderes económicos, ante las que Pablo quedó parcialmente descolocado, sin él exponiendo sus propuestas con la misma seguridad. Es cierto, y no he sido el único en subrayarlo, que Rivera interrumpió constantemente y que Jordi Évole debería haber intervenido, porque eso impidió que Iglesias pudiese desarrollar sus ideas. En la segunda parte, sin embargo, vi un Pablo Iglesias más seguro que su oponente cuando se habló de lucha contra la corrupción, empresas públicas, referéndum catalán y sobre todo en la última ronda de preguntas cortas. Pero en muchos aspecto, Rivera fue mejor preparado que Pablo Iglesias. Pablo nunca rebatió frontalmente las propuestas de Rivera, ni tampoco expuso las suyas con claridad y concisión.

Es imperdonable que el líder de un partido político aspirando a gobernar un país se presente en una entrevista con tantas dudas sobre un plan de empleo y sin pleno conocimiento de lo que es el contrato único. Si Podemos y Pablo Iglesias consideran que el contrato único no es la solución a los problemas de este país, debe ir a criticarlo en el debate en el que su rival lo va a presentar como su medida estrella. De forma incomprensible, Pablo Iglesias no apuntó ni una sola debilidad o punto negativo del contrato único en la entrevista. A continuación, la presentación de la idea de Podemos fue caótica y mal preparada. Con casi dos años de vida y a dos meses de las elecciones, si una de las medidas propuestas es la subida del salario mínimo, una cifra es más que bienvenida (mientras escribo este texto, Podemos ha avanzado ya una cifra). Decir que se quiere que la gente viva dignamente es un eslogan que empieza a cansar hasta al más acérrimo defensor de Podemos. A partir de ahora, hacen falta propuestas. No logro entender, además, como es posible que Pablo Iglesias criticase el complemento salarial de Ciudadanos en la entrevista, pero ahora lo proponga en su programa. Por último, la no-defensa de la Renta Básica Universal también fue un grave error. Si no defiendes ante el público una de tus medidas, por muy radical que sea, ¿cuándo lo vas a hacer?

En el tema de la sanidad, Albert Rivera hizo gala de una retórica fría, matemática y también ligeramente nacionalista. Habló de los ‘turistas extranjeros que vienen a operarse a España’ y lo utilizó como justificación para restringir la sanidad pública universal a extranjeros. También retó a Pablo Iglesias a dar un país donde los inmigrantes sin papeles pudiesen ser atendidos en la sanidad de forma gratuita. Pablo Iglesias dijo que ninguna persona, sea pobre, inmigrante o sin papeles, debería ser prohibida el acceso a la sanidad pública, sea de urgencias o de operaciones, unos valores a los que suscribo plenamente. Yo habría ido aún más lejos. Habría resaltado aún más los valores humanos que representa la sanidad pública y sobre todo que lo que pone en peligro su viabilidad, no son los ‘turistas’ o los sin papeles, sino los recortes y la privatización, añadiendo además que varios países atienden a los inmigrantes sin que ellos tengan papeles.

Mucho me frustró también la falta de respuestas a dos ataques de Albert Rivera.  En primer lugar, dijo que la gente no sabe cómo va a cuadrar Podemos los presupuestos, ante lo que Pablo asintió. Ahí, tendría que haber hecho gala de la experiencia y de los hechos que arropan a Podemos diciendo: “Podemos, a diferencia de Ciudadanos, gobierna ya en varios ayuntamientos, especialmente en las dos ciudades más importantes de España, haciendo presupuestos y cumpliéndolos”. Es más, yo habría añadido que si no se logra cumplirlos, no es porque las propuestas sean populistas o irrealistas, sino porque PP, PSOE y Ciudadanos toman medidas que los torpedean, como rebajar el IBI a las rentas más altas de la capital en vez de subírselo, poniendo en peligro el presupuesto social. Rivera insistía, además, que para repartir riqueza, hay que crearla. España ya tiene riqueza, basta ver los datos en Madrid o Barcelona, ahora toca repartirla. Si Rivera cree que no es posible, que desglose las cuentas de Ahora Madrid o Barcelona en Común.

En el segundo ataque, Albert Rivera hizo gala de haberse reunido con el presidente del BBVA y preguntó con cuantos empresarios se había reunido Podemos. Pablo Iglesias, en vez de responder directamente, evadió la pregunta cuando otra vez tenía hechos de los que hacer gala. En Barcelona, Ada Colau se ha reunido con los empresarios del Mobile World Centre. En Madrid, la alcaldesa Manuela Carmena se ha reunido con directores de banco y de empresas de limpieza. Más aún, fue a negociar y demandar colaboración, en nombre de los ciudadanos de Madrid, no a criminalizar al empresario como acusó Rivera. ¿Qué obtuvo? Los bancos cedieron pisos sociales para el ayuntamiento y las basureras retiraron sus ERTEs, contratando a 500 trabajadores. Es un error grave no haber hecho gala de semejantes logros, impensables hace meses y logrados gracias a Podemos.

Ambos líderes resaltaron su ‘cruzada’ contra la corrupción, luchando por quién es más efectivo en luchar contra ella. Salieron los temas de Jordi Cañas y Juan Carlos Monedero. Yo no me hubiese enfrascado en debatir sobre personas; simplemente habría resaltado los hechos. Es decir, que Ciudadanos ha mantenido al PP y al PSOE en sus dos comunidades con más corrupción, respectivamente Comunidad de Madrid y Andalucía. La corrupción no se combate con medidas estéticas y aliándose cuando conviene con los dos grandes partidos, sino con acciones directas. A día de hoy, Ciudadanos ha pactado con PP y PSOE frenar la comisión de investigación en Andalucía antes de las elecciones. Un pacto de silencio de caballeros, entre los corruptos y sus supuestos detractores.

El viento cambió un poco cuando se tocó el tema de “lo público” frente a “lo privado”, así como que se debe hacer frente a una empresa con malas prácticas. Pablo Iglesias acertó en apuntar que un sector público no significa estar bajo control político, y que era perfectamente compatible tener sectores públicos de calidad sin interferencia política directa. Debería haber insistido más, partiendo de ese punto, sobre la necesidad de una banca pública. De la misma forma, cuando se empezó a hablar del tema de las eléctricas, Rivera propuso un Tribunal de Competencia realmente independiente que multase las empresas que abusasen de su poder. Estos tribunales existen ya a nivel europeo, pero imponen multas que son calderilla para las multinacionales abusadoras y que no les impide reincidir. Habría que haber insistido más sobre ese punto y haber criticado frontalmente el Tribunal de Competencia. Ante semejante situación, Pablo hizo bien en hablar de la posible nacionalización, por ejemplo, de las eléctricas (aunque eso conllevase que Rivera lo acusase de Franquismo económico y comunismo). Si está amparado por la Constitución Española, la nacionalización es una solución viable. Ya se está haciendo a nivel municipal, como en Madrid, donde se ha remunicipalizado la empresa funeraria al no dar esta servicios de calidad a los ciudadanos. Hizo bien pues Pablo Iglesias en dejar entrever esa posibilidad, pero entre sus votantes, habría gustado más que se dijese claramente, como ha hecho Jeremy Corbyn en el Reino Unido, que ante las malas prácticas, habrá nacionalización de sectores estratégicos.

A continuación, Jordi Évole sacó a la palestra el tema del referéndum catalán. Rivera se presentó como un garante del statu-quo político e institucional y por primera vez en el debate, apeló más a los sentimientos que a la razón que tanto había expuesto con sus cuentas. Usó el eslogan: “seguir juntos, sin romper España” y se posicionó claramente contra el referéndum. Pablo en cambio fue claro y contundente. Si gobernase Podemos, habría referéndum de auto-determinación, pero el gobierno defendería el ‘No’ a la separación, como hizo David Cameron en el Reino Unido con el referéndum sobre la independencia de Escocia. Es una muestra de democracia que respeta el derecho a decidir que demandan el 80% de los catalanes. Además, tuvo razón al apuntar que de esa forma Artur Mas dejaría de victimizarse y de presentarse como un mártir a los ojos de los catalanes, y que debería empezar a hacerse política de verdad a ambos lados del Ebro.

Finalmente, cuando llegó la ronda final de preguntas, Pablo estuvo otra vez bien y seguro, pero al ser tan cortas, quedaron deslucidas por la parte anterior del debate. Esa ronda de preguntas daría para varias horas de debate más. Me parece grave que Rivera no dijese que derogaría la Ley Mordaza completamente. ¿Qué artículos no va a tocar Ciudadanos? ¿Los que impiden fotografiar a la policía? ¿Los que multan con 30 000 euros a los que paralizan desahucios? Ante el posible cierre de los CIEs, Pablo dijo que los cerraría, mientras Albert Rivera no. Y aunque se pasase de puntillas sobre ellos, es terriblemente importante destacar las respuestas a las preguntas sobre el tema vasco. Pablo Iglesias dejó abierta la puerta de forma muy explícita al acercamiento de los presos vascos. Es un tema delicado y controvertido, pero que no se puede evitar si se quieren cerrar heridas y normalizar otra vez la relación entre la sociedad vasca y la española. También estuvo muy acertado cuando le preguntaron sobre un posible indulto Arnaldo Otegi. Como él mismo dijo, un indulto no debe utilizarse con fines políticos pero Otegi no debería estar en la cárcel.

Termino ya, con algunas observaciones de detalles o de omisiones que ocurrieron durante el debate. Primero, faltaron varios temas importantes de política internacional, pero también una discusión sobre el TTIP. Con Podemos y Ciudadanos en el Parlamento Europeo y una macro-manifestación en Berlín hace un par de semanas, es un tema que debería haber sido abordado. Poder haber analizado las actuaciones de los dos partidos (Ciudadanos votando a favor en el Parlamento Europeo y en Barcelona mientras que Podemos votaba en contra), habría puesto a Podemos en una posición de fuerza. Segundo, pese a la buena retórica de Albert Rivera, quedó muy claro cuál es su posición social. Encontró trabajo directamente después de la universidad en un gran banco y saltó directamente a la política. Tiene plan de pensión y mutua privada (ahora empiezo a entender porque Ciudadanos quiera desgravar impuestos a las personas que quieren contratar mutuas privadas) y nunca ha estado en el paro. Lejos de mí de criminalizar el éxito y la buena gestión, pero claramente Albert Rivera no ha sufrido las penurias por las que han pasado millones de personas en España. Pablo Iglesias, en el lado opuesto, ha estado en el paro y no tiene pensión o mutua privada: algo ante lo que muchos más ciudadanos españoles pueden identificarse. Por último, vimos a dos políticos, con dos grandes equipos por detrás, discutir de temas de economía; pero eché de menos ver a algún economista y no solo intermediarios. Además, Podemos debería haber publicitado más sus economistas, como el apoyo directo recibido de parte de James Galbraith, Thomas Piketty, o indirecto como el de Joseph Stiglitz.

En general, el debate dio la sensación de que Albert Rivera fue mejor preparado. Expuso sus políticas con concisión y claridad. Pablo Iglesias, teniendo muchos argumentos a su favor, y sobre todo hechos concretos (como aquí he expuesto), no supo contrarrestar por momentos a su adversario. Pero no nos engañemos, en política, aunque cuente mucho la imagen, los hechos pesan mucho más. Esta entrevista, con todos los detalles que he apuntado aquí, representa solo un pequeño factor en la carrera  a las elecciones y quedarse con ella como un indicador de voto sería irresponsable; ninguna persona capacitada razonaría así. Pero detrás de la buena retórica de Rivera y de sus políticas bien explicadas y calculadas, están los hechos y los detalles aquí expuestos. Albert Rivera no supondrá un cambio a mejor de las clases bajas de nuestro país. Es un hombre inteligente y calculador; respeto mucho sus posiciones y sus políticas porque son realistas así como atractivas para un sector del público. No haber buscado exponer mejor las suyas, ni haber criticado las de Ciudadanos fue un error porque Pablo Iglesias y Podemos saben que esas políticas no son atractivas para sus potenciales votantes. Haber apuntado debilidades les habría hecho ganar puntos. Ojalá el equipo de Podemos vea este debate muchas veces, tomen notas de los errores cometidos, reflexiones, y para los próximos debates de diciembre veamos un Pablo Iglesias más ofensivo en los debates, capaz de darle la vuelta a la tortilla.