El Necio

Ayer estaba escuchando canciones de Silvio Rodríguez. Al llegar a la canción El Necio, leí un comentario en Youtube que me llamó mucho la atención. Se refería a una entrevista del cantautor en la Radio Nacional de Venezuela en 2005. Durante 1 hora busqué la entrevista, pero fue en vano. Sin embargo, encontré la transcripción de la parte que me interesa de la entrevista en varios blogs. En ella, Silvio se refiere a la canción El Necio y responde de esta forma a una pregunta sobre el derrumbe de la Unión Soviética:

“Hubo varios periodistas en La Habana que me preguntaban por qué no me pronunciaba al respecto. Y yo pensaba —sigo pensando, y siempre pensé igual—, que no tengo tampoco por qué pronunciarme acerca de cada cosa que sucede. Ese no es mi oficio, no es mi trabajo. A veces no tengo nada que decir, o se está produciendo todavía un proceso de acumulación necesario para que en algún momento se convierta en expresión y brote. Mientras tanto, no puedo hacer nada, ni forzar las cosas, porque no me sale una buena canción. Es mejor quedarse con la boca cerrada a hablar boberías.”

No puedo más que suscribir y sentirme plenamente identificado con las declaraciones de Silvio Rodríguez. A veces, siento la necesidad de pronunciarme al respecto de eventos, de compartir mis pensamientos y con una ola de inspiración puedo escribir sin parar sobre ello. Otras veces, en cambio, me pasa exactamente lo mismo que a Silvio: “no tengo nada que decir, o se está produciendo todavía un proceso de acumulación necesario para que en algún momento se convierta en expresión y brote.” A veces hablo y escribo. Otras callo y escucho y no escribo durante un tiempo. Ahora mismo me encuentro en esa fase reflexiva. Y siento, que poco a poco, las palabras vuelven a brotar por sí solas. Cuestión de días.

© Mario Cuenda García

Diario de un viaje a Cuba, Capítulo 3

En nuestro segundo día en la Habana, nos toca visitar dos sitios importantes relacionados con la Revolución Cubana: el Museo de la Revolución y la Plaza de la Revolución. Empezamos por el primero. Como ya dije en el capítulo anterior, el Museo de la Revolución es en realidad el antiguo palacio presidencial. Imponente, construido con todo tipo de lujos, desde mármol o una sala de espejos que recuerda a la del Palacio de Versalles de París, contrasta con la pobreza de la Habana Vieja en el que está situado. Nada más entrar, una escalera de mármol nos lleva a los pisos superiores. Observándonos desde la altura, hay un busto de José Martí. A su lado, en la pared, unos agujeros de varios centímetros de diámetro. Parecen impactos de bala y así es. Un par de párrafos más abajo explicaré por qué todo el palacio está lleno de impactos de bala, ya que es uno de los episodios emblemáticos de la Revolución Cubana.

Pintura representando el triunfo de la revolución

Pintura representando el triunfo de la revolución

El museo en sí es una de las mayores atracciones de la Habana, para turistas que quieren saber más sobre la historia reciente de Cuba y la revolución o para frikis de la Revolución Cubana como yo. Las diferentes salas tienen abundante y detallada información sobre la Revolución y los periodos previo y posterior. Hay planos de batallas, documentos originales, manuscritos, pertenencias privadas y fotos inéditas. Huelga decir que disfruté como un crío. Eso sí, toda la información estaba adornada con un tono propagandístico, pero nada sorprendente. Se habla de  ‘las fuerzas represoras de Batista’ así como ‘la sumisión del anterior gobierno al imperialismo yanqui’. Todos los pisos dan a un patio central, dónde una bandera cubana gigante está desplegada. En el centro del patio, vemos una clase de escuela primera. Todos los niños llevan su uniforme blanco y granate. Cantan y juegan debajo de la enorme bandera. Al cabo de unos minutos, se sientan todos en el suelo en círculo, y una adulta, seguramente la profesora, coge un micrófono y hace una pregunta: ‘¿Cuál es la fecha de nacimiento del Che Guevara?’ Varios niños levantan la mano y al final una alumna responde de forma correcta.

Bandera Cubana en el Museo de la Revolución

Bandera Cubana en el Museo de la Revolución

Tras visitar lar varias salas del museo, salimos por la puerta trasera del Palacio y llegamos al memorial Granma. Como dije en el otro capítulo, en medio del memorial, está el yate Granma. Este yate, comprado por Fidel Castro a un americano en México que lo había nombrado en honor a su abuela, cruzó el mar Caribe en 7 días en 1956 para desembarcar a 82 revolucionarios en la costa este de Cuba. Es un yate de tamaño normal, dónde caben cómodamente unas 15 personas. La travesía para 82 personas fue un infierno. Iban tan cargados que de hecho, un revolucionario preguntó nada más salir que cuando llegarían al barco principal, creyendo que solo era un barco de tránsito.

Alrededor del yate están expuestas muchas más máquinas de guerra, algunos muy impresionantes. Misiles soviéticos, aviones, tanques… Una muestra material de la Historia militar reciente de Cuba. Además, están expuestas como trofeos unas lanchas marinas utilizadas por las fuerzas invasoras durante el ataque a Playa Girón en 1961. El cartel explicativo contaba una anécdota curiosa y significativa. Estados Unidos financió y entrenó a grupos paramilitares para perpetrar el desembarco en la Bahía de Cochinos. John Fitzgerald Kennedy no quería una intervención americana directa. Sólo unos pocos efectivos americanos apoyarían el ataque para que este triunfase. Sin embargo, cuando la batalla ocurrió, el ejército cubano derribó un avión en territorio cubano con un americano a bordo. Estados Unidos tardó 18 años en reclamar el cuerpo, porque al hacerlo reconocía su implicación directa en el ataque.

Misil Cubano expuesto en el Memorial Granma

Misil Cubano expuesto en el Memorial Granma

Antes de entrar al Palacio otra vez, pasamos delante de la llama perpetua en honor a los caídos por la República Cubana. Una vez en el patio, vimos una vez más los impactos de bala. La historia es la siguiente. En 1958, mientras Fidel Castro practicaba la guerrilla en Sierra Maestra, otro movimiento insurgente existía en la Habana. Era el Directorio Revolucionario (DR), dirigido por el director de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU). Aunque aliados contra Batista, el DR no dependía de Fidel Castro y actuaba por su cuenta. El día 13 de marzo de ese año buscaron hacer su acción más espectacular, que resultó en un fiasco y casi en suicidio colectivo. A plena luz del día, una cincuentena de estudiantes armados hasta los dientes irrumpieron en el palacio y lo asaltaron. ¿Objetivo? Asesinar al dictador Fulgencio Batista. A punto estuvieron de lograrlo. Los impactos de bala atestiguan la dureza del choque. Lograron llegar hasta el despacho de Batista, pero este logró escapar por una puerta lateral que lleva a la cúpula del palacio dónde estaba la guarnición. Al final, Fulgencio Batista se salvó y la grandísima mayoría de los estudiantes fallecieron en el ataque, incluido José Antonio Echeverría.

Impactos de bala en el patio del Palacio Presidencial

Impactos de bala en el patio del Palacio Presidencial

El penúltimo lugar por el que pasamos antes de salir del palacio es el balcón presidencial. Semicircular e inmenso, domina el paseo que lleva al palacio. Al fondo, se ve el mar y las fortalezas españolas. Aquí hizo Fidel Castro varios discursos en el año 1959 cuando llegó a la Habana. El 28 de octubre de 1959, Camilo Cienfuegos, héroe de la revolución casi tan carismático como el propio Fidel, pronunció aquí también su último discurso. Esa misma tarde, cogió un avión hacia Camagüey, pero nunca llegó a su destino. Con 27 años, Camilo Cienfuegos no apareció nunca más. Hay varias hipótesis. Las malas lenguas acusan a Fidel Castro de haber ordenado su desaparición. Pero cualquier persona que lee un poco sobre la Revolución Cubana o la biografía de Fidel Castro sabrá que es una acusación sin fundamento. Las dos hipótesis más factibles son estas. Primero, que el avión, pilotado por un novato, cayese al mar en un tramo del viaje. Segundo, que las baterías anti-áreas cubanas disparasen al avión pensando que era un avión de sabotaje proveniente de Florida. Los datos concuerdan, porque ese día se declaró haber abatido un avión que tampoco apareció. Cuando la desaparición se hizo oficial, se hicieron batidas por toda la isla, lideradas por el propio Fidel Castro y secundadas por el pueblo, que adoraba a Camilo. Cincuenta y cinco años después, la desaparición de Camilo Cienfuegos sigue siendo motivo de misterio. Salimos al final, y en el último pasillo vemos el rincón de los cretinos. Salen caricaturizados Batista y presidentes americanos hostiles a Cuba (como George W. Bush o Ronald Reagan).

Vistas desde el balcón del Palacio Presidencial

Vistas desde el balcón del Palacio Presidencial

Volvemos a pasear por la Habana Vieja. Esta vez me fijo en la enorme cantidad de bustos de José Martí que hay por todas partes. Una amiga de mi madre nos recomendó un paladar llamados Mercaderes. Lo hallamos frente a la Casa Bolívar, dónde un día más, una delegación Venezolana recauda firmas con el hashtag #obamaderogaeldecretoya para derogar el decreto que Obama ha aprobado con respecto a su país. Subimos una escueta escalera, y llegamos a un saloncito donde varias parejas y familias de turistas comen, mientras un trío cubano acompaña a la guitarra, las maracas y la voz. Tras pasar un almuerzo muy agradable, se acerca un hombre y nos dice ser el dueño del paladar. Una vez más, el habernos oído hablar español, lo animó a acercarse. Charlamos unos momentos, y nos explica como reformó la casa para abrir el paladar. Nos señala un cuadrado en la pared diciendo: ‘antes, la casa estaba en ruinas’. Efectivamente, en medio de la pared reformada y bien pintada, había dejado un cuadrado sin tocar, para que los clientes pudiesen ver en qué ruinoso estado estaba la casa antes.

Banco Central de Cuba

Banco Central de Cuba

Obviamente, y aunque no lo haya escrito hasta ahora, todo lo que pagamos es en efectivo. No existen casi las tarjetas de débito o de crédito y ningún paladar, tienda o museo está equipado con terminales. Nos habían aconsejado cambiar cuanto más dinero posible en efectivo al llegar, porque una vez en La Habana sería difícil sacar dinero. Y efectivamente, hoy que ya empezamos a escasear, tenemos que pasear durante media hora, probando varios cajeros. Algunos no funcionan, otros te aceptan la operación pero no te dan el dinero en efectivo. Al final, conseguimos sacar un poco de dinero y seguimos callejeando por la Habana Vieja. Pasamos frente al Banco Nacional de Cuba. Está en una callejuela muy estrecha. Justo en la puerta, vemos una placa conmemorativa en honor al Che Guevara, que fue una vez gobernador central. Sí, probablemente fue el Gobernador de un banco central más curioso del mundo. Sorprendió a todos cuando se hizo cargo del banco en el año 1959, unos pocos meses después del triunfo de la Revolución. La anécdota popular reza que Fidel Castro, en un consejo de ministros preguntó: ‘¿Hay algún economista para ser gobernador?’ A lo cual el ‘Che’ Guevara levantó la mano, ¡creyendo que habían preguntado por un comunista! Claramente, la anécdota no refleja la realidad pero si muestra la sorpresa que supuso que una persona como el Che fuese designado Gobernador sin experiencia alguna.

Placa conmemorativa en el Banco Central de Cuba

Placa conmemorativa en el Banco Central de Cuba

 En esa misma calle, bastante estrecha, cae un cascote de importante tamaño desde un tejado. Si llega a caer encima de alguien, lo mata, no me cabe duda. Es una muestra más de la falta de mantenimiento de la céntrica Habana Vieja dónde vive la gente más pobre. Pasamos delante de farmacias y carnicerías, dónde no se aplican ningunos de los estándares de higiene de Europa. La carne está expuesta al aire libre, sin protección y los medicamentos se apilan en estanterías de madera. Vemos también una sede de un Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Los Comités de Defensa de la Revolución son células vecinales creadas en los años 50 para velar por el triunfo de la Revolución y frenar los intentos de destabilización por parte de individuos o grupos. Muchos críticos lo consideran una especie de policía política. Nada más lejos de la realidad. Son grupos vecinales y ciudadanos que voluntariamente decidieron defender las conquistas de la Revolución. Hoy en día, no tengo muy claro cuál es su función. Al final, entre paseos y alguna que otra compra, como un cuadro artesanal, volvemos a llegar a la famosa Bodeguita del Medio. Ayer estaba más llena, pero hoy parece que se puede entrar, así que decidimos entrar a tomar un mojito. Subimos al piso de arriba, entre las paredes repletas de firmas. Por aquí han pasado Pablo Neruda, Salvador Allende, Julio Cortázar, Ernest Hemingway… Pero no queda rastro de ese espíritu bohemio y exótico que atrajo a estos grandes hombres. Hoy, todo es turístico y caro: ni siquiera el Mojito, poco cargado, mereció la pena. Sí, puedo decir que estuve en la Bodeguita del Medio, que escribí mi nombre en la pared, como todos, pero el ambiente místico que esperaba encontrar sencillamente no estaba.

Comité de Defensa de la Revolución en la Habana

Comité de Defensa de la Revolución en la Habana

La Habana Vieja

La Habana Vieja

A apenas cuarenta metros, está el acceso a la Plaza de la Catedral. Nos detenemos unos minutos a observar la plaza y a hacer fotos. Dentro de la catedral, reposaron los restos de Cristóbal Colón antes de ser repatriados a España. Una curiosidad de la catedral es que no es simétrica, porque una de las torres es más ancha que la otra. A parte, en la plaza, hay cubanos vestidos con las prendas tradicionales que por un CUC, posan para la foto. Después de un último paseo por la Habana Vieja, dónde vemos a los niños jugar entre gatos y perros callejeros, y que nos lleva delante del monumento dedicado a los Brigadistas internacionales cubanos que participaron en la Guerra Civil Española (situado irónicamente delante de la ex embajada española franquista, reconocible por la sombra del aguilucho en la fachada), decidimos coger un taxi hasta la plaza de la Revolución.

La Catedral de la Habana

La Catedral de la Habana

La plaza de la Revolución impresiona. Es inmensa, interminable, inabarcable. Construida por Fulgencio Baptista en los años 1950, en ella caben un millón de personas. En un extremo de la Plaza, hay una enorme estatua de José Martí, así como una torre gigantesca. Le hacen frente dos espectaculares murales con las caras del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos. La plaza está vacía pero no es difícil imaginarse cientos de miles de cubanos escuchando los discursos de Fidel en los primeros meses de la Revolución. Camino hasta el centro de la plaza, y me siento minúsculo, desprotegido ante un espacio tan grande. Leo las dos inscripciones junto a los murales. Al lado del Che Guevara está escrito el ya famoso ‘¡Hasta la Victoria Siempre!’. La inscripción junto a Camilo es más enigmática y mucho menos conocida: ‘Vas bien, Fidel’. La anécdota remonta al triunfo de la Revolución. Cuando Fidel Castro llegó a la Habana el 8 de enero de 1959, tras un recorrido triunfal a lo largo de la isla desde Santiago, decidió que el primer discurso en la capital debía hacerse en el campamento militar en las afueras de la capital. Era un símbolo potente: ahí es donde se habían gestado los dos golpes de Estado de Batista y dónde se hallaba la guarnición más importante de Cuba. Abrirlo a la ciudadanía fue, nunca mejor dicho, revolucionario. Desde ahí, delante de miles de personas, pese a su excelente oratoria, Fidel Castro quedó impresionado. Su discurso empezó tímido, para luego ir cogiendo fuerza. Entonces, Fidel se dio la vuelta en el estrado, y le preguntó a Camilo Cienfuegos: ‘¿Cómo voy, Camilo?’ a lo que él respondió: ‘Vas bien, Fidel’.

Murales del 'Che' Guevara y de Camilo Cienfuegos en la plaza de la Revolución

Murales del ‘Che’ Guevara y de Camilo Cienfuegos en la plaza de la Revolución

La Plaza de la Revolución no está muy lejos de nuestro piso, y entre medias está el cementerio de Colón, otro lugar emblemático dela Habana. Recorremos las calles del Barrio Central y del Vedado, mucho menos concurridas turísticamente, mucho más verdaderas, mucho más caribeñas. Cuando llegamos al cementerio de Colón, este está cerrado. Desde fuera vemos los enormes mausoleos y las tumbas de mármol blanco. Entramos el Vedado, fácilmente reconocible por sus casas coloridas, decoradas con columnas romanas y balcones, todas diferentes. Ahora muchas han perdido color, pero como en casi toda la isla, que parece estar anclada en el pasado, no es difícil imaginarse a la burguesía cubana, desde los terratenientes hasta los amigos del dictador Batista, viviendo aquí entre los 20, los 30, los 40. Esto es puro caribe; un barrio residencial donde lo español y lo americano se mezcla.De repente, en medio del paseo y de las casas antiguas, aparece un edificio que impacta por su modernidad: un hospital. Obviamente, no entramos por dentro, pero fue lo más moderno que vimos a lo largo de todo el viaje.

La Plaza de la Revolución

La Plaza de la Revolución

Llegamos a la Rampa otra vez. Delante de nosotros pasa un autobús cargado de gente y nos envuelve en una nube de humo y polvo. Es otro de los graves problemas que tiene la Habana: la contaminación de los almendrones y los buses es altísima. Son coches antiguos, que expulsan una cantidad de humo ingente que envuelve a la ciudad en una nube de contaminación enorme a una ciudad con muy poco tráfico. Sin embargo, los almendrones son unas auténticas reliquias. Está terminantemente prohibido que salgan de Cuba. Muchísimos coleccionistas están dispuestos a pagar auténticas fortunas por estos coches. No es de extrañar. Hoy hemos estado en dos almendrones. El primero databa de 1951 y el segundo de 1953. En ninguna parte del mundo quedan en circulación coches tan antiguos. Obviamente, todos están arreglados y retocados al infinito. Prácticamente la mayoría sólo tienen la carrocería original, mientras que el resto ha sido arreglado miles de veces. Aun así dejarse conducir en uno de ellos es una sensación indescriptible que uno sólo puede experimentar en Cuba.

Una calle del vedado

Una calle del vedado

Uno de mis deseos en Cuba era poder hablar con la gente y preguntarles. Por desgracia,  aunque es lógico, siempre nos movemos por zonas turísticas y es imposible entablar conversaciones. Sin embargo, con lo poco que he visto estos primeros días, puedo sacar ya unas pocas conclusiones. Para empezar, la revolución ha cometido muchos errores que deben ser corregidos. Me extenderé algún día en explicar cuáles son y como afrontarlos. Tengo claro que lo que he visto es solo el día a día diario, pero para hacerse una idea real, muchos más factores deben ser considerados: los hechos históricos, la situación geográfica, la evolución institucional, el demoledor impacto del embargo… Me gustaría también comparar Cuba con otros países del Tercer mundo y del Caribe. Para mí, este ha sido mi primer viaje fuera de Europa y claramente, me ha llamado muchísimo la atención la pobreza. Creo que debo seguir visitando ese tipo de países para poder comparar y ofrecer un veredicto justo. También hoy, tumbado en la cama, he reflexionado sobre la necesidad de saber rectificar. Quién lucha por una sociedad justa, debe admitir los errores  cometidos. A partir de ahí, la rectificación es el primer paso para un camino hacia la mejora. En ello estamos.

© Mario Cuenda García

Diario de un viaje a Cuba, Capítulo 2

Despertamos a las 8 de la mañana con las primeras luces del día. Nos duchamos en el pequeño cuarto de baño que compartimos todos los ocupantes de la casa. El descanso nos ha sentado bien a todos. Una vez aseados, hablamos con Delfín. Es pequeño, muy moreno, con bigote y le falta un dedo en la mano. Está jubilado. Nos da toda una serie de consejos para nuestro viaje: lugares que visitar, cosas que hacer, con qué tener cuidado… También se excusa por no poder ofrecernos un desayuno. ‘Me hubiese encantado’, nos dice, pero está recién operado de una piedra en el riñón y no puede moverse mucho. Reunir los alimentos básicos para un desayuno hubiese supuesto demasiado esfuerzo. Necesita permisos especiales para poder comprarnos ciertos alimentos, y además, al haber pocos comercios y ningún supermercado, debería desplazarse bastante para encontrar lo que quiere. Acto seguido, salimos de casa para ir a desayunar a la Rampa. Nos sentamos en una terraza y desayunamos un bocadillo cubano, de jamón, queso y beicon, con café y un zumo en tetrabrik (no tienen zumo fresco). No tenemos pérdida: nos delatan nuestras pintas de turistas. Pálidos, con gafas de sol y cámara de fotos. Cuando los cubanos se dan cuenta que hablamos español, automáticamente se lanzan a conversar. Hablamos con el camarero que nos atiende. Es de Remedios, le gusta el futbol, especialmente la selección argentina y nos comenta que en Cuba han empezado a televisar la liga española y la alemana. El futbol comienza a gustar cada vez más pero apenas se practica; el béisbol sigue predominando.

Mural con la bandera de Cuba y la bandera revolucionaria 26 de Julio

Mural con la bandera de Cuba y la bandera revolucionaria 26 de Julio

A pocos metros de la terraza está el hotel Habana Libre. Una vez acabado el desayuno, entramos en el edificio. El salón es gigantesco y extremadamente lujoso. El hotel lo lleva ahora compañía española Meliá. Es de los pocos sitios de la ciudad en los cuales se puede llamar al extranjero. Mamá pregunta en la recepción: enseguida la dirigen a unos locutorios donde una telefonista le pone en contacto con nuestra familia en España. Una vez acabada la llamada, salimos y seguimos paseando por la recta final de la Rampa. Nos ofrecen taxis constantemente, pero rechazamos con educación: nos apetece pasear en este primer día. A apenas 500 metros cuesta abajo están el mar y el Malecón. A ambos lados de la calle, vemos aparecer los primeros grandes paneles de propaganda con sus eslóganes: ‘¡Todo por la Revolución!’, ‘¡Viva Cuba Libre!’. Hay temas y personajes recurrentes: José Martí, la Revolución, Latinoamérica, el 26 de Julio, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos… Contrariamente a lo que se puede pensar, Fidel Castro no aparece casi nunca. José Martí tiene mucho más peso en la propaganda pública. Entramos en un mercadillo callejero, donde comerciantes venden pulseras artesanales, cuadros pintados a mano, ropa tradicional…

Mural propagandístico de la Revolución

Mural propagandístico de la Revolución

A continuación, entramos por el Malecón y nos damos un largo paseo hasta la Habana Vieja, bordeando el mar. Vemos preciosas casas coloridas, pero corroídas por la humedad y el salitre marino: la enorme mayoría se cae a pedazos y algunas están medio derruidas. Todas están habitadas. En medio del Malecón, prácticamente al lado de lo que hoy en día es otra vez la Embajada Americana, está el edificio más alto de La Habana: un hospital gigantesco, de estilo soviético, es decir una enorme mole de hormigón cuadrada, sin ningún tipo de detalle arquitectónico. Tras el agotador paseo, nos vamos acercando a la Habana Vieja. Volvemos a ver  la embajada española, que está justo al lado de la estatua de Máximo Gómez, héroe dominicano de las Guerras de Independencia. Máximo está mirando al otrora Palacio Presidencial, hoy reconvertido a Museo de la Revolución. Nos acercamos, y vemos que en la entrada hay un tanque y un trozo de muralla, pero decidimos visitarlo el día siguiente. Bordeamos el imponente edificio y el memorial Granma, situado justo detrás, dónde está expuesto el yate en el que Fidel Castro y 81 revolucionarios desembarcaron en Cuba el 2 de diciembre de 1956 para iniciar la Revolución.

Hemos llegado a la zona más turística de la ciudad. Aquí están algunos de los hoteles más lujosos  y concurridos. Poco a poco vamos notando el ambiente de la Habana Vieja, bajo el calor del mediodía que empieza a apretar. Para recuperarnos del paseo, nos sentamos en la terraza de un hotel. Mientras nos tomamos un refresco en una terraza, vemos a nuestro lado a un americano con lo que parece ser claramente una jinetera; las jineteras son un fenómeno reciente en Cuba. Son chicas que viven de la prostitución, pero que se ofrecen únicamente a los turistas. Son como cortesanas ejerciendo una prostitución encubierta. A continuación, enfilamos por la Calle Obispo, en cuyo extremo está el famoso bar Floridita, en el que Ernest Hemingway bebía sus daiquirís. Es la calle más comercial de la Habana y la única en la que hay tiendas. En las calles perpendiculares y paralelas ya no hay ni rastro de ellas.

Hoy es día de estrenos, así que decidimos comer en nuestro primer paladar en la propia calle Obispo. Los paladares son los pequeños restaurantes privados antes clandestinos que el Estado cubano autoriza desde hace un par de años. Lo encantador de los paladares, es que están lejos de la imagen que tenemos de un restaurante turístico. En realidad, son simples casas habilitadas para recibir a clientes. El paladar en el que entramos, es un piso pequeño, cuyo salón y terraza se han convertido en lugares de restauración. Está un poco recóndito, así que somos los únicos clientes. Pedimos comida criolla: el tradicional arroz ‘moro’ (arroz blanco con frijoles rojos y plátano frito) y unas langostas, que en Cuba abundan, sabrosas y a buen precio. Un dúo musical empieza a tocar para nosotros música española y cubana: suenan Nino Bravo, Dúo Dinámico, Compay Segundo, pero también Enrique Iglesias, Gente de Zona… ‘¿Qué se escucha por aquí por Cuba hoy en día?’ ‘El reggaetón triunfa’ nos dicen, ‘la música tradicional decae’. Sin embargo, añaden, iniciativas como Buena Vista Social Club han supuesto un renacimiento y un gran reconocimiento a nivel mundial del género musical tradicional cubano.

Plaza de Armas

Plaza de Armas

Al acabar de comer, empezamos realmente nuestra visita turística a lugares emblemáticos. Empezamos por la Plaza de Armas, una de las primeras de la ciudad. Está presidida por el Palacio Colonial; ahí residían los gobernadores españoles en tiempos coloniales. En los jardines de la plaza, a la sombra de los árboles, libreros y guitarristas ambulantes buscan ganarse la  vida. Salimos por una calle lateral y nos encontramos a unos escasos 200 metros la Casa Árabe. Es fabuloso, pero no sorprende encontrarse una casa de arquitectura morisca en medio del Caribe. Al fin y al cabo, la construcción de la Habana Vieja fue influenciada por las ciudades del sur de España, que a su vez fueron influenciadas por los árabes. La casa, con un patio interior, una fuente y dos pavos reales, es de estilo cordobés o nazarí. En apenas 600 metros, ves tres de los sitios más emblemáticos del centro de la ciudad: la ya citada Plaza de Armas, el Convento San Francisco y la Plaza Vieja. Pasamos por delante de la Casa Bolívar, dedicada al Libertador, dónde una delegación recoge firmas en favor de Venezuela para derogar el decreto de Obama. A media tarde, empiezan a salir los niños de la escuela; todos llevan un uniforme granate y blanco. En las tiendas o en los puestos ambulantes, impacta la explotación turística y comercial de la figura del Che. Prácticamente cualquier objeto turístico tiene la efigie del Che. Callejeando por la Habana Vieja, se entiende que su encanto no son solo los edificios emblemáticos, sino sus calles coloniales en general. No es difícil imaginarse a los colonos españoles que vinieron al Nuevo Mundo y posteriormente los criollos, viviendo en las casas construidas con un aire andaluz innegable. Sin embargo, si Cuba no quiere perder este encanto centenario, requiere renovación, restauración y reparación. En las calles secundarias, vimos algunos interiores y fachadas de casas cayéndose a pedazos, rozando lo peligroso. Un día, veríamos como un cascote de un tejado caería a escasos metros de nosotros. Y es que la Habana Vieja, siendo el barrio más antiguo y más turístico, también ha sido y es el más pobre de la capital. No hay agua corriente: son camiones los que transportan cada día a los hogares. Poco a poco se está empezando a remediar el problema: veo obras en muchas calles para la instalación de tuberías. Otro problema es el de combinar una plaza turística y pobre: aparte de unos pocos mendigos, hay gente que intenta ‘colártela’. Me explico. Preguntas una dirección, y a cambio de la respuesta, te piden 1 CUC. Pides hacer una foto, y te piden 1 CUC. Una mujer, al oírnos hablar en castellano, nos pidió un ‘regalo’, es decir cualquier cosa que le quisiéramos dar: pasta de dientes, pañales… En esas condiciones, apenas se pueden entablar conversaciones. Es una pena. En la Habana siempre dudas al iniciar una conversación, porque no sabes si tu interlocutor es realmente agradable o lo hace para pedirte luego una limosna.

El Capitolio Cubano

El Capitolio Cubano

Salimos de la Habana Vieja y nos encontramos frente al Capitolio cubano. Fue construido a imagen y semejanza del americano en 1929. Es una copia casi exacta de su homólogo en Washington. En la Plaza Central subimos a un coche a caballos para dar una vuelta guiada alrededor de la Habana Vieja: nuestros dos encantadores y jóvenes guías proponían llevarnos por sitios que no habíamos visto aún. Uno de ellos se llama Alejandro. Le pregunto si tenía estudios y me dice que sí, que había empezado a estudiar Medicina, pero lo dejó hace 4 años: el turismo y su trabajo de guía dan para más. Enfilamos por el paseo del Prado. Hay niños corriendo, jugando, riendo, practicando deporte, mientras en los bancos, adultos y ancianos juegan al dominó y al ajedrez. Aquí en la Habana seguimos viendo una generación pre-Internet, donde la vida se desarrolla en la calle. Volvemos a pasar frente al Museo de la Revolución. Alejandro, nos explica que el trozo de muralla que hay delante corresponde a la muralla de la vieja ciudad colonial. El tanque que vimos antes, lo utilizó Fidel Castro durante la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. En Cuba, curiosamente, todo el mundo conoce ese episodio histórico como Playa Girón. Obviamente, como guías turísticos, nuestros dos amigos conocen muy bien la historia de su país. Sin embargo, también conocen bastante bien aspectos de la Historia mundial y española. Mi propio hermano, bastante sorprendido, me dijo que tenían bastante cultura general. Es cierto, y lo iríamos viendo al filo de los días. Cerca del Museo, justo enfrente de la embajada española, hay un edificio con tres caras esculpidas en su fachada. Reconozco dos de ellas: la del Che Guevara y la de Camilo Cienfuegos. Alejandro me indica que la tercera cara es la de Julio Antonio Mella. Las tres caras son el emblema de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Julio Antonio Mella es menos conocido internacionalmente (Camilo y el Che forman parte del ‘mito’ de la Revolución Cubana), pero ha sido utilizado como figura pública ya que fue el creador de la UJC. En todo caso, Fidel Castro nunca lo conoció: fue asesinado en 1929 con 26 años, durante el gobierno de Machado, cuando Fidel solo tenía dos años. A continuación, nos presentan ‘el único hotel de la ciudad donde la habitación, la comida y la estancia es gratuita: ¡la cárcel!’ Nos reímos de buena gana y preguntamos si es fácil ir a la cárcel. Nos responden que sí, y añaden una de las mejores frases que oiría en todo el viaje y que me quedaría marcada a fuego: ‘Aquí en Cuba, lo que no es obligatorio, es ilegal’.  Mientras reflexiono sobre esa frase, pasamos delante de la estatua de Máximo Gómez. Alejandro nos explica el significado de las estatuas: si está subido a caballo, y este tiene las cuatro patas en el suelo, el hombre representado murió de forma natural. Si tiene una pata levantada, murió de un disparo y si tiene las dos patas delanteras levantadas, entonces murió en combate. Además, si mira al mar, es que es extranjero. En el caso contrario, es natural del país. A continuación, paramos el coche al lado de los dos lugares emblemáticos que nos quedaban por ver: la plaza de la Catedral y la Bodeguita del Medio. En mi opinión, la plaza de la Catedral es la más bonita de la Habana Vieja. Respecto a la Bodeguita del Medio, tenía muchísimas ganas de verla por su encanto histórico, pero está llena de turistas y con altos precios.

Del otro lado de la bahía de la Habana hay petroleros y unas refinerías de petróleo. Obviamente, sirven para tratar el crudo venezolano. Más cerca, están las dos fortalezas coloniales, y el cristo de la Habana. Entramos un momento en el Bar Dos hermanos, por donde pasaron Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Marlon Brando… Pasamos por un parque dedicado a la Princesa Diana. Mi padre bromea con los guías: ‘¿Qué pasa, era amiga de Fidel?’ ‘¡Una comunista de pura cepa!’ nos responde con ironía. Nuestro guía Carlos nos dice ‘Comunismo es comer mucha mierda’. Y con mucha guasa, imita a Fidel: ‘¡Patria o muerte! ¡Socialismo o muerte!’ En realidad, da la sensación que no le toman en serio, sino como un abuelo que sigue viviendo del tiempo pasado. No hablamos de política, pero por los comentarios que intercambiamos, entendemos que nuestros dos guías desean un cambio para mejor. Nos cruzamos con un taxi en el que pone ‘Los Aldeanos’: un grupo de rap cubano, opositor a Fidel Castro. Leo el nombre en voz alta. ‘¿Los conoces?’ me pregunta Alejandro. ‘Sí’. Al despedirnos, nos dicen ‘Llevamos esperando años a que cambie. ¡Ojalá pronto!’. Está atardeciendo, así que decidimos volver a casa. Caminamos por el Paseo del Prado para coger un taxi en el Malecón. Sigo impresionado por la variedad racial. Esperando un bus, hay toda variedad de colores. Según lo que he leído, no hay diferencias económicas entre ellos, aunque poco a poco, empiezan a aparecer desigualdades por una simple causa: muchos de los cubanos que se exiliaron eran blancos, y son los que mandan dinero desde Estados Unidos a sus familiares. Llegamos al Malecón y entramos en nuestro primer almendrón. Es un Buick, data del 1957, y pesa 3,5 toneladas.

Nuestro taxista es probablemente el hombre más desesperado con el que hablamos en nuestro viaje. Quería irse de la isla cuanto antes. Sus abuelos eran andaluces, y quiso pedir la nacionalidad española cuando fue legal para la tercera generación obtenerla, pero no podía por ser miembro de la policía. Trabajó ahí durante 14 años hasta que se salió y desde entonces, busca la forma de irse. Llegó hasta a escribirle una carta a Javier Arenas: nunca recibió respuesta. Dejó la policía porque ser taxista es más rentable, ‘mucho más que neurocirujano, abogado o médico’. En los 10 minutos que dura el trayecto, despotrica a gusto contra el sistema cubano. Nos habla de los pañales, que cuestan 22 CUC en cualquier tienda, una cantidad a la cual al menos un 10% de funcionarios públicos no llega a fin de mes. Opina que el embargo ha favorecido a una élite, que él denuncia como corrupta y burocrática, que ‘comercia’ políticamente con ello y a la cual no le interesa que acabe. ‘Mire USA, quiere acercarse, nosotros no’, nos dice. Nos despedimos de él en la puerta de casa. Volvemos a casa. Hablamos con Silvia en la terraza. Nos habla de su hijo ingeniero en Getafe. Estudió en Cuba, y viajó a España para trabajar. No le convalidaban la matrícula, así que tuvo que volver a hacer el grado allí, trabajando al mismo tiempo para sustentarse. Silvia es de madre tinerfeña y padre castellonense. Ha visitado España varias veces y conoce muy bien el país. Tras descansar una hora del agotador día, salimos a cenar a otro paladar que está en la Avenida de los Presidentes. Curiosamente, no son presidentes cubanos los que están representados en estatuas en esta calle, sino presidentes extranjeros que simpatizaron con la causa de la independencia o la revolución cubana. Así, hay presidentes venezolanos, argentinos o ecuatorianos.

Por la noche, ya tras la cena, ordenando un poco las notas que he tomado durante el día, tumbado en la cama, reflexiono un poco. Visto lo visto en las pocas conversaciones de este primer día, queda bastante claro que los cubanos no creen ya en la Revolución, ni en sus valores iniciales. Hay una clara y visible ruptura generacional. Los jóvenes no sienten la Revolución como suya, esa Revolución que echó a un dictador al que no conocieron. La actual no es su lucha. En mi opinión, es algo que ha pesado mucho en el gobierno cubano a la hora de volver a iniciar las relaciones con Estados Unidos. De este tema, hablaré más extensamente en un ensayo al margen, más enfocado a la historia y la política cubana. Mañana toca visitar el Museo de la Revolución y es algo que me emociona sobremanera. Agotado, cierro los ojos y caigo en el sueño profundo.

Diario de un viaje a Cuba, Capítulo 1

¿Cómo describir la llegada a un país que deseas visitar desde hacía ya un par de años? Tras diez horas de vuelo en el avión más grande en el que haya viajado, el Boeing 747 Dreamline baja lentamente, atraviesa las nubes y bajo nuestros ojos aparecen el mar Caribe y Cuba, bañados en la luz del atardecer. A medida que nos adentramos en tierras cubanas, vemos aparecer la vegetación tropical hasta tocar tierra en el pequeño aeropuerto internacional de Varadero. Son las cuatro de la tarde hora local, las diez de la noche en Bruselas. Afortunadamente, llevó unos días acostándome tarde y estoy preparado físicamente para aguantar el jet-lag. Voy junto a mis padres y mi hermano. Al salir del avión, nos recibe una ola de calor tropical y húmedo. En la terminal del aeropuerto, pasamos por el control de inmigración, en el cuál un funcionario verifica nuestros pasaportes, valida los visados, y nos fotografía para dejarnos luego pasar al control de equipajes. Un par de detalles me llaman la atención: todos los guardias de seguridad son mujeres, uno de los paneles de bienvenida está en ruso, la gran cantidad de personal que hay en un aeropuerto tan pequeño… En el mismo aeropuerto cambiamos euros a pesos convertibles cubanos (CUC), la moneda de los turistas. En Cuba hay dos monedas, aunque el Gobierno está preparando ya la unificación de ambas divisas. La moneda que utilizan los propios cubanos es el peso cubano (CUP). Los turistas utilizan el peso convertible cubano (CUC), que está ligado al dólar. Un CUC equivale a 25 CUPs. A la salida del aeropuerto hay unos pocos militares, y mucha gente esperando. Enseguida me llama la atención la gran variedad de colores de piel. Cubanos blancos, negros y mulatos, sí, pero a lo largo de todo el viaje nos daríamos cuenta que la variedad racial es enorme, con una gran gama de colores intermedios y una cohesión social envidiable.

Entre la multitud, vemos al taxista que nos va a llevar a la Habana. Se llama Ernesto (sospecho que su nombre no es casualidad), tiene 23 años y es muy locuaz. Su vehículo es una furgoneta Renault nueva y moderna. Tiene muy pocos clientes de habla castellana; la mayoría son canadienses, y no habla inglés lo suficiente como para mantener una conversación con ellos. Ahora que tiene la oportunidad, no duda en contarnos todo lo que nos pueda interesar en las dos horas de viaje entre el aeropuerto y la Habana. A continuación, con un humor que notaría más veces a lo largo del viaje, describió lo que llamó irónicamente los ‘cinco logros de la Revolución’, es decir cinco desastres medioambientales creados por políticas del gobierno. Primero, la introducción del ‘Pez Gato’, un pez con muchas propiedad nutritivas, pero terriblemente desestabilizante para el ecosistema; es carnívoro, y puede comerse hasta a crías de cocodrilos. Segundo, la introducción del hurón, que se quiso utilizar para matar ratones, pero que acabó haciendo estragos entre las gallinas. Tercero, la introducción del búfalo, para el mercado de carne, pero es un animal agresivo que no se adaptó nunca al clima caribeño. Ernesto apunta además que la carne de res está prohibida para los cubanos, pero no para los turistas. El cuarto desastre fue La introducción del ‘marabá’, una planta aparentemente buena para la producción de carbón, pero que se reproduce con enorme rapidez en detrimento de su entorno. El quinto y último, la ‘maringa’, una planta que Fidel Castro dijo que era buena como infusión, pero que según Ernesto no está probado y es posible que hasta tenga efectos negativos para la salud.

Foto tomada dentro del taxi en el trayecto hacia la Habana. Ernesto es nuestro conductor.

Foto tomada dentro del taxi en el trayecto hacia la Habana. Ernesto es nuestro conductor.

Después, Ernesto nos explica que hizo el servicio militar obligatorio con 18 años. Es un entrenamiento muy exigente, que dura un año si vas a la Universidad y dos en el caso contrario. Se inicia con 45 días de internado dónde se hace guardia y se aprenden tácticas y técnicas para luchar principalmente, por no decir únicamente, contra el ejército de Estados Unidos. Sin embargo, eso fue hace ya cinco años y él mismo se pregunta cuál será la situación ahora mismo tras el deshielo de las relaciones. A él le correspondió hacer sólo un año, porque entró en la Universidad para estudiar educación física. Por lo poco que entiendo, cada alumno en su último año de educación secundaria, tiene que elegir entre una decena de carreras, y dependiendo de las notas en materias importantes como Lengua, Matemáticas o Historia, obtiene o no la carrera deseada. Obviamente, cuanto mejor alumno seas, más probabilidades tienes de obtener tu carrera. Preguntamos a Ernesto qué hará tras acabar sus estudios. ‘Seguiré trabajando de taxista’; es mucho más rentable.

Le preguntamos si se notan cambios con la llegada de Raúl Castro al poder y las progresivas liberalizaciones de los últimos años. Nos confirma que sí ha habido avances; los cubanos eran autorizados a tener paladares (así se llaman los restaurantes en Cuba) así como taxis, casas y coches privados. Él ahora se iba a vivir con su novia; tuvo que vender la casa para poder comprar el coche que le permitiese seguir de taxista. ‘En otro país, hubiese podido alquilar la casa, y con ese dinero, me hubiese comprado el carro. En Cuba aún no se puede, queda mucho por hacer’. Nos pone por ejemplo el internet, censurado por el Estado. Tiene un iPhone, pero que solo le sirve para hacer fotos, llamar, mandar SMS y muy de vez en cuando, hablar por e-mail. Ernesto también nos dice que todavía no ha notado ningún cambio tras el histórico anuncio de la vuelta de las relaciones con EEUU; él esperaba al menos 5 años más en una situación similar antes de que se empezase a ver cualquier atisbo de cambio.

Llevamos unos pocos minutos por la autopista cuando pasamos por delante de la Universidad de Matanzas. “Antes de la Revolución sólo había 3 universidades”, nos dice, “la de la Habana, la de Santa Clara y la de Santiago”. No sabe decirnos cuantas hay en el país hoy en día; me informé y la cifra es superior a 40. La de Matanzas se construyó entre los años 1975 y 1985 y es de arquitectura soviética al igual que los pisos que vemos poco después a las afueras de Matanzas. Ernesto nos confirma que fueron construidos por los rusos. La mención de la Unión Soviética rememora a Ernesto la dureza de los años 90, cuando cayó la URSS y Cuba perdió su gran protector económico. Fue el Periodo Especial. Resume esos años en una palabra: terribles. “Un caos total durante 8 años. La corriente eléctrica solo llegaba dos o tres horas al día.” Seguimos rodeando la Bahía de Matanzas; del otro lado se ve una refinería. Construida en el marco de los acuerdos cubano-venezolanos de petróleo (Cuven Petrol), fue financiada por Venezuela. Sin embargo, cuando murió Hugo Chávez, la construcción quedó paralizada. Con la crisis económica azotando su país, Nicolás Maduro no ha desbloqueado la financiación para continuarla. Sin sorpresas, la parte por construir es la más costosa.

El ferrocarril de Matanzas es el más viejo de Cuba y de Latinoamérica.

El ferrocarril de Matanzas es el más viejo de Cuba y de Latinoamérica.

Nos adentramos en Matanzas, la ciudad natal de Ernesto, de 350 000 habitantes. Nos señala un antiguo cuartel militar, que Fidel Castro transformó en escuela pública una vez triunfó la Revolución. Vemos los primeros murales y paneles propagandísticos. No me da tiempo a hacer fotos, pero anoto algunas frases, como: ‘Revolución es defender valores’. Hay jóvenes jugando al béisbol (la pelota en Cuba) por todas partes: parques, rotondas… Es el deporte nacional y levanta pasiones. De hecho, Matanzas está jugando la semifinal del playoff final de la Liga cubana contra la Isla de la Juventud, y hay decenas de hinchas apostados en la carretera para recibir al equipo que vuelve de jugar a domicilio.

La autovía entre Varadero y la Habana con vistas al mar Caribe.

La autovía entre Varadero y la Habana con vistas al mar Caribe.

Al salir de Matanzas, cogemos la impecable autopista que nos lleva directamente a La Habana. ‘Es pre-revolucionaria’, nos indica Ernesto. En Cuba, lo pre-revolucionario indica que fue construido antes de 1959. En el caso de la autopista, por la Mafia Italiana, cuyos lazos y sucios negocios con el dictador Fulgencio Batista eran notorios. Tanto Batista como la Mafia deseaban urbanizar toda la costa entre Varadero y la Habana con casinos, prostíbulos y grandes resorts, convirtiendo esta parte de la isla en el Las Vegas caribeño. La Habana ya había empezado a ser un núcleo de juego, derroche y prostitución en los años 50 y la construcción de la autopista representaba un paso más en la ejecución de ese plan. Todo acabó abruptamente con la Revolución. El trayecto por la autopista es fascinante. Bordea la costa, a apenas 20 metros del mar durante decenas de kilómetros. De un lado, está la verde flora tropical, llena de valles y sierras a lo lejos, que descubriríamos en los días siguiente, y del otro, la inmensidad del mar Caribe extendiéndose por el horizonte, entremezclándose el viento marino con el aire tropical. Ante el mar, recuerdo las crisis de los balseros y pienso: “aquí tenían kilómetros y kilómetros de costa sin vigilancia y de fácil acceso para lanzarse en lancha”. Parece que Ernesto me lee la mente: nos cuenta que en la famosa crisis, por estas costas, se lanzaron al mar miles de cubanos en lanchas. También nos dice: “En Estados Unidos nos acogen con los brazos abiertos”. Tuve un pensamiento: “Qué injusto. Lo que dice es cierto, pero lo que los cubanos no saben, es que únicamente ocurre con ellos, no con los demás. Un haitiano o un mexicano no es ni mucho menos bien recibido”. De hecho, ni ellos son acogidos con los brazos abiertos en todas las ocasiones. El éxodo de Mariel se produjo porque el Estado cubano permitió a los cubanos pedir visados a Estados Unidos; fueron estos que ante la avalancha, los negaron al menos que hubiese motivos claros de persecución política. Ante la negativa, miles de cubanos cogieron entonces sus balsas y se lanzaron al mar. Pero los que llegaron no lograron ni mucho menos quedarse en Estados Unidos; fueron transportados a la base de Guantánamo (¡qué ironía!), y de ahí fueron devueltos a Cuba.

A lo largo de la costa, vemos también pozos petrolíferos, refinerías y fábricas de ron. Hay petróleo en Cuba pero contiene mucho azufre y es muy difícil de refinar. Las dos refinerías que vemos son radicalmente diferentes. La primera es cubana y la secunda es canadiense. La diferencia tecnológica es espectacular. La cubana parece fijada en el pasado, mientras que la canadiense es moderna. Por último, vemos una refinería de Ron Havana Club. Ernesto nos cuenta que Bacardi se fue cuando llegó la revolución, y que su ron pasó a llamarse Ron Santiago de Cuba. Le pregunto por la caña de azúcar, negocio histórico de Cuba. “Va a peor”. La sobreexplotación ha reducido la fertilidad del suelo, afectando al grosor y a la calidad. Antes, la caña de azúcar y sus derivados eran la gran fuente de ingresos; ahora, según él, son los médicos y  el turismo.

La conversación con Ernesto fue probablemente la más prolífica que tuvimos con todos los taxistas de la isla, hasta tal punto que con mucha guasa nos invitó a su boda en mayo. Nos dijo que las dos únicas cosas buenas de la Revolución habían sido la Educación y la Sanidad gratuitas, pero rápidamente, como queriendo excusarse por haber dicho algo positivo del Estado, añadió que los médicos eran mal pagados, que tenían que ser enviados a misiones a otros países si querían obtener beneficios, obligándoles a separarse cinco años de sus familias. Este primer trayecto a la Habana fue una especie de avant-goût de lo que vería a lo largo del viaje. Tanto arquitectónicamente, donde he visto el estilo caribeño entremezclado con el soviético, como a nivel social donde ya con Ernesto se atisba una juventud completamente desanimada.

Tras casi dos horas de viaje. Aparecen las primeras urbanizaciones de la Habana, y cada vez más paneles propagandísticos: ‘Comandante en Jefe ordene’, ‘Este es un pueblo combativo’, ‘Bloqueo, el genocidio más largo de la historia’. También vemos el campus de los Juegos Panamericanos, construido en 1991. Hay un gran estadio de béisbol con una enorme cara del Che y el único velódromo del Caribe. No tendría mucho interés si no fuera por la historia que lo rodea. La organización de los Juegos fue otorgada a Cuba en los años 1980, cuando la isla tenía cierta estabilidad económica. Tras la caída de la Unión Soviética y el comienzo del Periodo Especial, no había recursos para continuar con la construcción. Sin embargo, Fidel consideraba que sería una estocada muy grande a su orgullo renunciar a su organización, así que continuó con las obras faraónicas en los momentos más decisivos de Cuba. Los juegos se desarrollaron sin incidentes, y fueron un gran éxito para Cuba. Con un último oro en boxeo, consiguieron encabezar el medallero por primera vez en su historia.

La entrada a La Habana se hace por un peaje pre-revolucionario y por el Túnel de La Habana que pasa bajo el mar, también construido por la Mafia Italiana. Aparecemos en la Habana Vieja y nos da la bienvenida precisamente el consulado español. Del otro lado del estuario, hay una antigua fortaleza colonial española, que visitaríamos en los días siguientes. Seguimos nuestro recorrido por el Malecón a la luz del atardecer. Hay muchísima gente paseando por este paseo marítimo; me recordó a Cádiz. En medio del Malecón vemos un pedestal desde donde Fidel solía hacer discursos y frente a la estrada, el edificio que hasta recientemente albergaba la Oficina de Intereses de Estados Unidos para Suiza, que hacía informalmente de Embajada de Estados Unidos mientras las relaciones estaban rotas. Hoy en día, vuelve a ser la embajada americana. Como provocación, la Oficina colocó un panel electrónico en su fachada que proyectaba frases de los Derechos Humanos de la ONU. Sin que le temblase el pulso, Fidel Castro respondió llenando la plaza con cientos de mástiles;  cada vez que los USA activaban el panel, Fidel alzaba las banderas para tapar el mensaje.

Entramos en el Vedado por la Avenida de los Presidentes; si el Malecón me recordaba a Cádiz, esta avenida parecía un paseo español al cual van los jóvenes a charlar por la tarde. El Vedado fue en sus tiempos uno de los barrios más ricos de la Habana. Como su nombre indica, era un barrio privilegiado prohibido a los cubanos más pobres antes de la Revolución. Las casas son grandes y coloridas; antaño eran propiedad de las familias ricas de la Habana. Cuando triunfó la Revolución, muchos de los propietarios se exiliaron, y las casas fueron ocupadas por familias desfavorecidas que nunca soñaron con tener casas tan lujosas. Produce una curiosa sensación. Es una mezcla, por un lado de casas ricas, que antaño tuvieron que ser la envidia del Caribe, y por otro lado de calles hoy mucho más dejadas, desaliñadas, con niños jugando en la calle, como en cualquier pueblo (‘Ernesto’ grita una madre; ya es el segundo). Nos despedimos de nuestro Ernesto y entramos en casa de Alina, una amiga de un amigo de mis padres. Vive en una casa preciosa de estilo colonial; hay un salón en la entrada con unos elegantes sillones y un piano antiguo, que da a un pasillo central descubierto y lleno de macetas que lleva a la parte trasera de la casa. Alina nos prepara un cóctel casero a base de piña, hielo y vino tinto. El jet-lag empieza a hacer mella. Estamos tomando el cóctel a las 19h00, pero nuestro cuerpo nos recuerda que para él, es la 1 de la madrugada.

Alina nos presenta a Ray, que también es amigo del amigo de mis padres. Mientras Alina nos prepara el cóctel, hablamos con él. Tiene 28 años, está casado y tiene una hija de un año. Él, contrariamente a Ernesto, nos dice que Cuba ha cambiado mucho en los últimos cinco años. Este tipo de diferencias en las opiniones de cubanos serían constantes; unos ven el vaso medio lleno, otros medio vacío. Nos enumeró una serie de cambios que él había notado. Primero, la legalización de la compra y venta de casas y coches privados, poniendo fin a los trapicheos que había anteriormente (‘tú te casas conmigo, esta casa para mí, yo a cambio te doy mi coche…’). Segundo, el abaratamiento de las comunicaciones con USA. Antes, una llamada costaba 2.50 CUC/min, porque pasaba por un tercer país, ahora ha pasado a 0.80 CUC/min al ser directa. El internet, nos dice, es de difícil acceso, y muy caro, alrededor de 6 CUC/hora. Ray nos dijo que ya se podía empezar a recibir emails, y que al menos en la Habana, se estaba creando una especie de intranet; con algunos trucos y chanchullos, utilizando antenas, algunos expertos en telecomunicaciones estaban consiguiendo que alrededor de 9000 personas en la capital tuviesen acceso a ese internet ‘clandestino’. No lo utilizan para nada subversivo. Solamente para compartir pelis, vídeos, fotos y para jugar a videojuegos, como el Call of Duty. Cuarto: se empieza a aceptar cada vez más la crítica libre al régimen en los medios de comunicación. Alina, por su parte, nos explica que ella ha empezado a desarrollar un proyecto de cooperativa junto al Estado. En Cuba, están empresas estatales, empiezan a aparecer las privadas y luego las cooperativas, donde trabajan pequeños empresarios privados junto al Estado. Ella trabaja en un restaurante, que poco a poco va despegando.

Vista a la rampa desde la ventana de mi habitación

Vista a la rampa desde la ventana de mi habitación

Tras la agradable acogida, Alina nos lleva al que sería nuestro hogar mientras durase nuestra estancia en la Habana: un piso en la calle 23 del Vedado, también conocida como la Rampa. Nuestros inquilinos son una pareja de ancianos muy agradables, Silvia y Delfín. Nos dicen que tienen un hijo ingeniero en Getafe. El piso es pequeño, pero muy agradable, bien decorado y con una terraza que da precisamente a la Rampa. Tras una corta conversación para romper el hielo, decidimos salir a cenar. Seguimos la Avenida 23. ¡Nuestro primer paseo por suelo cubano! Es nuestra toma de contacto con la circulación habanera: por todos lados circulan los famosos almendrones, esos coches de los años 50 típicos de la Habana, mastodontes gigantes, contaminantes, ruidosos, que dejan un olor a gasolina y a goma quemada tras de sí, pero que forman gran parte de la magia de la capital cubana. Caminamos relajados, notando una brisa marina pero sin ver el mar, rodeados de olores a comida callejera. En la Rampa hay puestos de comida, discotecas, cines; una calle con mucha vida, por donde salen habitualmente los jóvenes cubanos. Alina, Ray, Silvia y Delfín han enfatizado que Cuba es terriblemente segura. Fueron unánimes: ‘Puedes caminar por la calle por la noche, no hay ningún problema’. Llegamos al Hotel Habana Libre: es el antiguo Hotel Hilton, terminado de construir en 1958 y que fue expropiado por la Revolución. Aquí se quedó Fidel Castro cuando llegó a la Habana, y desde aquí se tomaron las primeras decisiones. En frente hay un panel propagandístico en honor a José Martí. Perpendicularmente a la Rampa, está la Avenida de los Presidentes, un paseo dónde, según nos dijo Ernesto, quedaban muchos jóvenes: efectivamente, allí están, jugando al béisbol, viendo una peli en un ordenador y charlando. Cenamos en un pequeño restaurante que nos recomendaron, pero estamos cansados. Son las 21h00 hora local, pero las 03h00 en Bruselas. Al acabar, volvemos al piso y caemos rendidos. La habitación en la que dormimos mi hermano y yo es muy austera. No hace especialmente calor, pero se puede dormir con una fina sábana. Me quedo dormido escuchando el ronroneo de los almendrones circulando por la Rampa, sonriendo y feliz, porque asimilo que sí, que al fin, que ya estoy en Cuba.

Foto nocturna al rótulo del Hotel Habana Libre

Foto nocturna al rótulo del Hotel Habana Libre

Nuestro primer paseo por la rampa y nuestros primeros almendrones.

Nuestro primer paseo por la rampa y nuestros primeros almendrones.