Las Lágrimas de San Lorenzo

Pronto son las lágrimas de San Lorenzo, y este año vienen más amargas que nunca.

Sobre el cielo de Extremadura lloverán las estrellas fugaces.

En el frescor de la noche, bajo la luna nueva,

Me tumbaré en la dehesa, rodeado de encinas.

Escucharé el canto de los grillos y el susurro de las cigarras.

Callaré y miraré al firmamento azul oscuro,

Veré la bóveda celeste girar y girar.

Estará la Osa Mayor y la Estrella Polar, Casiopea junto a Castor y Pólux.

Y empezarán a llover las estrellas fugaces: una… dos… tres… cuatro… así hasta noventa.

Toda la noche.

Cada una será un recuerdo, a cada cual más bonito.

Llegar del campo y verte sentada en el patio, entre tus macetas recién regadas.

Despertarse una fría mañana de invierno y verte desayunando en la cocina.

Ayudarte a caminar por las calles del pueblo, una muleta en la mano y mi brazo en la otra.

Verte apoyada en el marco de la puerta de entrada, por las tardes,

Esperando nuestra llegada tras largos meses de ausencia.

De niño, hablar contigo todos los domingos por teléfono.

Verte pasear por el porche del campo, observando los atardeceres y los árboles frutales.

Verte disfrutar de unos higos campestres, recogidos expresamente para ti.

Verte recoger orégano y guardar el ramo con mimo hasta llegar a casa.

Escuchar las anécdotas de tu infancia y tus recuerdos de la Guerra Civil.

Verte sollozar al despedirte de nosotros cuando nos íbamos a Bruselas.

Y lo más importante, cuidar de ti, todos, en los largos años de enfermedad.

Ayudarte en cada acción cotidiana, darte de comer, visitarte en la residencia,

Escucharte siempre, darte conversación, hablarte y besarte.

Absolutamente todo ha valido la pena.

El amanecer ahuyentará las lágrimas, pero no los recuerdos.

Y a la noche siguiente, habrá una nueva estrella, fija esta vez, en el firmamento.

Hay vínculos con una tierra que son inquebrantables.

Has sido y serás siempre un vínculo que me une a Salvaleón para la eternidad.

Descansa en paz, Abuela María. No te olvidaremos.

Escrito en Salvaleón, Extremadura, la noche del 3 de agosto del 2016.

© Mario Cuenda García