Diario de un viaje a Cuba, Capítulo 2

Despertamos a las 8 de la mañana con las primeras luces del día. Nos duchamos en el pequeño cuarto de baño que compartimos todos los ocupantes de la casa. El descanso nos ha sentado bien a todos. Una vez aseados, hablamos con Delfín. Es pequeño, muy moreno, con bigote y le falta un dedo en la mano. Está jubilado. Nos da toda una serie de consejos para nuestro viaje: lugares que visitar, cosas que hacer, con qué tener cuidado… También se excusa por no poder ofrecernos un desayuno. ‘Me hubiese encantado’, nos dice, pero está recién operado de una piedra en el riñón y no puede moverse mucho. Reunir los alimentos básicos para un desayuno hubiese supuesto demasiado esfuerzo. Necesita permisos especiales para poder comprarnos ciertos alimentos, y además, al haber pocos comercios y ningún supermercado, debería desplazarse bastante para encontrar lo que quiere. Acto seguido, salimos de casa para ir a desayunar a la Rampa. Nos sentamos en una terraza y desayunamos un bocadillo cubano, de jamón, queso y beicon, con café y un zumo en tetrabrik (no tienen zumo fresco). No tenemos pérdida: nos delatan nuestras pintas de turistas. Pálidos, con gafas de sol y cámara de fotos. Cuando los cubanos se dan cuenta que hablamos español, automáticamente se lanzan a conversar. Hablamos con el camarero que nos atiende. Es de Remedios, le gusta el futbol, especialmente la selección argentina y nos comenta que en Cuba han empezado a televisar la liga española y la alemana. El futbol comienza a gustar cada vez más pero apenas se practica; el béisbol sigue predominando.

Mural con la bandera de Cuba y la bandera revolucionaria 26 de Julio

Mural con la bandera de Cuba y la bandera revolucionaria 26 de Julio

A pocos metros de la terraza está el hotel Habana Libre. Una vez acabado el desayuno, entramos en el edificio. El salón es gigantesco y extremadamente lujoso. El hotel lo lleva ahora compañía española Meliá. Es de los pocos sitios de la ciudad en los cuales se puede llamar al extranjero. Mamá pregunta en la recepción: enseguida la dirigen a unos locutorios donde una telefonista le pone en contacto con nuestra familia en España. Una vez acabada la llamada, salimos y seguimos paseando por la recta final de la Rampa. Nos ofrecen taxis constantemente, pero rechazamos con educación: nos apetece pasear en este primer día. A apenas 500 metros cuesta abajo están el mar y el Malecón. A ambos lados de la calle, vemos aparecer los primeros grandes paneles de propaganda con sus eslóganes: ‘¡Todo por la Revolución!’, ‘¡Viva Cuba Libre!’. Hay temas y personajes recurrentes: José Martí, la Revolución, Latinoamérica, el 26 de Julio, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos… Contrariamente a lo que se puede pensar, Fidel Castro no aparece casi nunca. José Martí tiene mucho más peso en la propaganda pública. Entramos en un mercadillo callejero, donde comerciantes venden pulseras artesanales, cuadros pintados a mano, ropa tradicional…

Mural propagandístico de la Revolución

Mural propagandístico de la Revolución

A continuación, entramos por el Malecón y nos damos un largo paseo hasta la Habana Vieja, bordeando el mar. Vemos preciosas casas coloridas, pero corroídas por la humedad y el salitre marino: la enorme mayoría se cae a pedazos y algunas están medio derruidas. Todas están habitadas. En medio del Malecón, prácticamente al lado de lo que hoy en día es otra vez la Embajada Americana, está el edificio más alto de La Habana: un hospital gigantesco, de estilo soviético, es decir una enorme mole de hormigón cuadrada, sin ningún tipo de detalle arquitectónico. Tras el agotador paseo, nos vamos acercando a la Habana Vieja. Volvemos a ver  la embajada española, que está justo al lado de la estatua de Máximo Gómez, héroe dominicano de las Guerras de Independencia. Máximo está mirando al otrora Palacio Presidencial, hoy reconvertido a Museo de la Revolución. Nos acercamos, y vemos que en la entrada hay un tanque y un trozo de muralla, pero decidimos visitarlo el día siguiente. Bordeamos el imponente edificio y el memorial Granma, situado justo detrás, dónde está expuesto el yate en el que Fidel Castro y 81 revolucionarios desembarcaron en Cuba el 2 de diciembre de 1956 para iniciar la Revolución.

Hemos llegado a la zona más turística de la ciudad. Aquí están algunos de los hoteles más lujosos  y concurridos. Poco a poco vamos notando el ambiente de la Habana Vieja, bajo el calor del mediodía que empieza a apretar. Para recuperarnos del paseo, nos sentamos en la terraza de un hotel. Mientras nos tomamos un refresco en una terraza, vemos a nuestro lado a un americano con lo que parece ser claramente una jinetera; las jineteras son un fenómeno reciente en Cuba. Son chicas que viven de la prostitución, pero que se ofrecen únicamente a los turistas. Son como cortesanas ejerciendo una prostitución encubierta. A continuación, enfilamos por la Calle Obispo, en cuyo extremo está el famoso bar Floridita, en el que Ernest Hemingway bebía sus daiquirís. Es la calle más comercial de la Habana y la única en la que hay tiendas. En las calles perpendiculares y paralelas ya no hay ni rastro de ellas.

Hoy es día de estrenos, así que decidimos comer en nuestro primer paladar en la propia calle Obispo. Los paladares son los pequeños restaurantes privados antes clandestinos que el Estado cubano autoriza desde hace un par de años. Lo encantador de los paladares, es que están lejos de la imagen que tenemos de un restaurante turístico. En realidad, son simples casas habilitadas para recibir a clientes. El paladar en el que entramos, es un piso pequeño, cuyo salón y terraza se han convertido en lugares de restauración. Está un poco recóndito, así que somos los únicos clientes. Pedimos comida criolla: el tradicional arroz ‘moro’ (arroz blanco con frijoles rojos y plátano frito) y unas langostas, que en Cuba abundan, sabrosas y a buen precio. Un dúo musical empieza a tocar para nosotros música española y cubana: suenan Nino Bravo, Dúo Dinámico, Compay Segundo, pero también Enrique Iglesias, Gente de Zona… ‘¿Qué se escucha por aquí por Cuba hoy en día?’ ‘El reggaetón triunfa’ nos dicen, ‘la música tradicional decae’. Sin embargo, añaden, iniciativas como Buena Vista Social Club han supuesto un renacimiento y un gran reconocimiento a nivel mundial del género musical tradicional cubano.

Plaza de Armas

Plaza de Armas

Al acabar de comer, empezamos realmente nuestra visita turística a lugares emblemáticos. Empezamos por la Plaza de Armas, una de las primeras de la ciudad. Está presidida por el Palacio Colonial; ahí residían los gobernadores españoles en tiempos coloniales. En los jardines de la plaza, a la sombra de los árboles, libreros y guitarristas ambulantes buscan ganarse la  vida. Salimos por una calle lateral y nos encontramos a unos escasos 200 metros la Casa Árabe. Es fabuloso, pero no sorprende encontrarse una casa de arquitectura morisca en medio del Caribe. Al fin y al cabo, la construcción de la Habana Vieja fue influenciada por las ciudades del sur de España, que a su vez fueron influenciadas por los árabes. La casa, con un patio interior, una fuente y dos pavos reales, es de estilo cordobés o nazarí. En apenas 600 metros, ves tres de los sitios más emblemáticos del centro de la ciudad: la ya citada Plaza de Armas, el Convento San Francisco y la Plaza Vieja. Pasamos por delante de la Casa Bolívar, dedicada al Libertador, dónde una delegación recoge firmas en favor de Venezuela para derogar el decreto de Obama. A media tarde, empiezan a salir los niños de la escuela; todos llevan un uniforme granate y blanco. En las tiendas o en los puestos ambulantes, impacta la explotación turística y comercial de la figura del Che. Prácticamente cualquier objeto turístico tiene la efigie del Che. Callejeando por la Habana Vieja, se entiende que su encanto no son solo los edificios emblemáticos, sino sus calles coloniales en general. No es difícil imaginarse a los colonos españoles que vinieron al Nuevo Mundo y posteriormente los criollos, viviendo en las casas construidas con un aire andaluz innegable. Sin embargo, si Cuba no quiere perder este encanto centenario, requiere renovación, restauración y reparación. En las calles secundarias, vimos algunos interiores y fachadas de casas cayéndose a pedazos, rozando lo peligroso. Un día, veríamos como un cascote de un tejado caería a escasos metros de nosotros. Y es que la Habana Vieja, siendo el barrio más antiguo y más turístico, también ha sido y es el más pobre de la capital. No hay agua corriente: son camiones los que transportan cada día a los hogares. Poco a poco se está empezando a remediar el problema: veo obras en muchas calles para la instalación de tuberías. Otro problema es el de combinar una plaza turística y pobre: aparte de unos pocos mendigos, hay gente que intenta ‘colártela’. Me explico. Preguntas una dirección, y a cambio de la respuesta, te piden 1 CUC. Pides hacer una foto, y te piden 1 CUC. Una mujer, al oírnos hablar en castellano, nos pidió un ‘regalo’, es decir cualquier cosa que le quisiéramos dar: pasta de dientes, pañales… En esas condiciones, apenas se pueden entablar conversaciones. Es una pena. En la Habana siempre dudas al iniciar una conversación, porque no sabes si tu interlocutor es realmente agradable o lo hace para pedirte luego una limosna.

El Capitolio Cubano

El Capitolio Cubano

Salimos de la Habana Vieja y nos encontramos frente al Capitolio cubano. Fue construido a imagen y semejanza del americano en 1929. Es una copia casi exacta de su homólogo en Washington. En la Plaza Central subimos a un coche a caballos para dar una vuelta guiada alrededor de la Habana Vieja: nuestros dos encantadores y jóvenes guías proponían llevarnos por sitios que no habíamos visto aún. Uno de ellos se llama Alejandro. Le pregunto si tenía estudios y me dice que sí, que había empezado a estudiar Medicina, pero lo dejó hace 4 años: el turismo y su trabajo de guía dan para más. Enfilamos por el paseo del Prado. Hay niños corriendo, jugando, riendo, practicando deporte, mientras en los bancos, adultos y ancianos juegan al dominó y al ajedrez. Aquí en la Habana seguimos viendo una generación pre-Internet, donde la vida se desarrolla en la calle. Volvemos a pasar frente al Museo de la Revolución. Alejandro, nos explica que el trozo de muralla que hay delante corresponde a la muralla de la vieja ciudad colonial. El tanque que vimos antes, lo utilizó Fidel Castro durante la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. En Cuba, curiosamente, todo el mundo conoce ese episodio histórico como Playa Girón. Obviamente, como guías turísticos, nuestros dos amigos conocen muy bien la historia de su país. Sin embargo, también conocen bastante bien aspectos de la Historia mundial y española. Mi propio hermano, bastante sorprendido, me dijo que tenían bastante cultura general. Es cierto, y lo iríamos viendo al filo de los días. Cerca del Museo, justo enfrente de la embajada española, hay un edificio con tres caras esculpidas en su fachada. Reconozco dos de ellas: la del Che Guevara y la de Camilo Cienfuegos. Alejandro me indica que la tercera cara es la de Julio Antonio Mella. Las tres caras son el emblema de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Julio Antonio Mella es menos conocido internacionalmente (Camilo y el Che forman parte del ‘mito’ de la Revolución Cubana), pero ha sido utilizado como figura pública ya que fue el creador de la UJC. En todo caso, Fidel Castro nunca lo conoció: fue asesinado en 1929 con 26 años, durante el gobierno de Machado, cuando Fidel solo tenía dos años. A continuación, nos presentan ‘el único hotel de la ciudad donde la habitación, la comida y la estancia es gratuita: ¡la cárcel!’ Nos reímos de buena gana y preguntamos si es fácil ir a la cárcel. Nos responden que sí, y añaden una de las mejores frases que oiría en todo el viaje y que me quedaría marcada a fuego: ‘Aquí en Cuba, lo que no es obligatorio, es ilegal’.  Mientras reflexiono sobre esa frase, pasamos delante de la estatua de Máximo Gómez. Alejandro nos explica el significado de las estatuas: si está subido a caballo, y este tiene las cuatro patas en el suelo, el hombre representado murió de forma natural. Si tiene una pata levantada, murió de un disparo y si tiene las dos patas delanteras levantadas, entonces murió en combate. Además, si mira al mar, es que es extranjero. En el caso contrario, es natural del país. A continuación, paramos el coche al lado de los dos lugares emblemáticos que nos quedaban por ver: la plaza de la Catedral y la Bodeguita del Medio. En mi opinión, la plaza de la Catedral es la más bonita de la Habana Vieja. Respecto a la Bodeguita del Medio, tenía muchísimas ganas de verla por su encanto histórico, pero está llena de turistas y con altos precios.

Del otro lado de la bahía de la Habana hay petroleros y unas refinerías de petróleo. Obviamente, sirven para tratar el crudo venezolano. Más cerca, están las dos fortalezas coloniales, y el cristo de la Habana. Entramos un momento en el Bar Dos hermanos, por donde pasaron Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Marlon Brando… Pasamos por un parque dedicado a la Princesa Diana. Mi padre bromea con los guías: ‘¿Qué pasa, era amiga de Fidel?’ ‘¡Una comunista de pura cepa!’ nos responde con ironía. Nuestro guía Carlos nos dice ‘Comunismo es comer mucha mierda’. Y con mucha guasa, imita a Fidel: ‘¡Patria o muerte! ¡Socialismo o muerte!’ En realidad, da la sensación que no le toman en serio, sino como un abuelo que sigue viviendo del tiempo pasado. No hablamos de política, pero por los comentarios que intercambiamos, entendemos que nuestros dos guías desean un cambio para mejor. Nos cruzamos con un taxi en el que pone ‘Los Aldeanos’: un grupo de rap cubano, opositor a Fidel Castro. Leo el nombre en voz alta. ‘¿Los conoces?’ me pregunta Alejandro. ‘Sí’. Al despedirnos, nos dicen ‘Llevamos esperando años a que cambie. ¡Ojalá pronto!’. Está atardeciendo, así que decidimos volver a casa. Caminamos por el Paseo del Prado para coger un taxi en el Malecón. Sigo impresionado por la variedad racial. Esperando un bus, hay toda variedad de colores. Según lo que he leído, no hay diferencias económicas entre ellos, aunque poco a poco, empiezan a aparecer desigualdades por una simple causa: muchos de los cubanos que se exiliaron eran blancos, y son los que mandan dinero desde Estados Unidos a sus familiares. Llegamos al Malecón y entramos en nuestro primer almendrón. Es un Buick, data del 1957, y pesa 3,5 toneladas.

Nuestro taxista es probablemente el hombre más desesperado con el que hablamos en nuestro viaje. Quería irse de la isla cuanto antes. Sus abuelos eran andaluces, y quiso pedir la nacionalidad española cuando fue legal para la tercera generación obtenerla, pero no podía por ser miembro de la policía. Trabajó ahí durante 14 años hasta que se salió y desde entonces, busca la forma de irse. Llegó hasta a escribirle una carta a Javier Arenas: nunca recibió respuesta. Dejó la policía porque ser taxista es más rentable, ‘mucho más que neurocirujano, abogado o médico’. En los 10 minutos que dura el trayecto, despotrica a gusto contra el sistema cubano. Nos habla de los pañales, que cuestan 22 CUC en cualquier tienda, una cantidad a la cual al menos un 10% de funcionarios públicos no llega a fin de mes. Opina que el embargo ha favorecido a una élite, que él denuncia como corrupta y burocrática, que ‘comercia’ políticamente con ello y a la cual no le interesa que acabe. ‘Mire USA, quiere acercarse, nosotros no’, nos dice. Nos despedimos de él en la puerta de casa. Volvemos a casa. Hablamos con Silvia en la terraza. Nos habla de su hijo ingeniero en Getafe. Estudió en Cuba, y viajó a España para trabajar. No le convalidaban la matrícula, así que tuvo que volver a hacer el grado allí, trabajando al mismo tiempo para sustentarse. Silvia es de madre tinerfeña y padre castellonense. Ha visitado España varias veces y conoce muy bien el país. Tras descansar una hora del agotador día, salimos a cenar a otro paladar que está en la Avenida de los Presidentes. Curiosamente, no son presidentes cubanos los que están representados en estatuas en esta calle, sino presidentes extranjeros que simpatizaron con la causa de la independencia o la revolución cubana. Así, hay presidentes venezolanos, argentinos o ecuatorianos.

Por la noche, ya tras la cena, ordenando un poco las notas que he tomado durante el día, tumbado en la cama, reflexiono un poco. Visto lo visto en las pocas conversaciones de este primer día, queda bastante claro que los cubanos no creen ya en la Revolución, ni en sus valores iniciales. Hay una clara y visible ruptura generacional. Los jóvenes no sienten la Revolución como suya, esa Revolución que echó a un dictador al que no conocieron. La actual no es su lucha. En mi opinión, es algo que ha pesado mucho en el gobierno cubano a la hora de volver a iniciar las relaciones con Estados Unidos. De este tema, hablaré más extensamente en un ensayo al margen, más enfocado a la historia y la política cubana. Mañana toca visitar el Museo de la Revolución y es algo que me emociona sobremanera. Agotado, cierro los ojos y caigo en el sueño profundo.

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