Diario de un viaje a Cuba, Capítulo 1

¿Cómo describir la llegada a un país que deseas visitar desde hacía ya un par de años? Tras diez horas de vuelo en el avión más grande en el que haya viajado, el Boeing 747 Dreamline baja lentamente, atraviesa las nubes y bajo nuestros ojos aparecen el mar Caribe y Cuba, bañados en la luz del atardecer. A medida que nos adentramos en tierras cubanas, vemos aparecer la vegetación tropical hasta tocar tierra en el pequeño aeropuerto internacional de Varadero. Son las cuatro de la tarde hora local, las diez de la noche en Bruselas. Afortunadamente, llevó unos días acostándome tarde y estoy preparado físicamente para aguantar el jet-lag. Voy junto a mis padres y mi hermano. Al salir del avión, nos recibe una ola de calor tropical y húmedo. En la terminal del aeropuerto, pasamos por el control de inmigración, en el cuál un funcionario verifica nuestros pasaportes, valida los visados, y nos fotografía para dejarnos luego pasar al control de equipajes. Un par de detalles me llaman la atención: todos los guardias de seguridad son mujeres, uno de los paneles de bienvenida está en ruso, la gran cantidad de personal que hay en un aeropuerto tan pequeño… En el mismo aeropuerto cambiamos euros a pesos convertibles cubanos (CUC), la moneda de los turistas. En Cuba hay dos monedas, aunque el Gobierno está preparando ya la unificación de ambas divisas. La moneda que utilizan los propios cubanos es el peso cubano (CUP). Los turistas utilizan el peso convertible cubano (CUC), que está ligado al dólar. Un CUC equivale a 25 CUPs. A la salida del aeropuerto hay unos pocos militares, y mucha gente esperando. Enseguida me llama la atención la gran variedad de colores de piel. Cubanos blancos, negros y mulatos, sí, pero a lo largo de todo el viaje nos daríamos cuenta que la variedad racial es enorme, con una gran gama de colores intermedios y una cohesión social envidiable.

Entre la multitud, vemos al taxista que nos va a llevar a la Habana. Se llama Ernesto (sospecho que su nombre no es casualidad), tiene 23 años y es muy locuaz. Su vehículo es una furgoneta Renault nueva y moderna. Tiene muy pocos clientes de habla castellana; la mayoría son canadienses, y no habla inglés lo suficiente como para mantener una conversación con ellos. Ahora que tiene la oportunidad, no duda en contarnos todo lo que nos pueda interesar en las dos horas de viaje entre el aeropuerto y la Habana. A continuación, con un humor que notaría más veces a lo largo del viaje, describió lo que llamó irónicamente los ‘cinco logros de la Revolución’, es decir cinco desastres medioambientales creados por políticas del gobierno. Primero, la introducción del ‘Pez Gato’, un pez con muchas propiedad nutritivas, pero terriblemente desestabilizante para el ecosistema; es carnívoro, y puede comerse hasta a crías de cocodrilos. Segundo, la introducción del hurón, que se quiso utilizar para matar ratones, pero que acabó haciendo estragos entre las gallinas. Tercero, la introducción del búfalo, para el mercado de carne, pero es un animal agresivo que no se adaptó nunca al clima caribeño. Ernesto apunta además que la carne de res está prohibida para los cubanos, pero no para los turistas. El cuarto desastre fue La introducción del ‘marabá’, una planta aparentemente buena para la producción de carbón, pero que se reproduce con enorme rapidez en detrimento de su entorno. El quinto y último, la ‘maringa’, una planta que Fidel Castro dijo que era buena como infusión, pero que según Ernesto no está probado y es posible que hasta tenga efectos negativos para la salud.

Foto tomada dentro del taxi en el trayecto hacia la Habana. Ernesto es nuestro conductor.

Foto tomada dentro del taxi en el trayecto hacia la Habana. Ernesto es nuestro conductor.

Después, Ernesto nos explica que hizo el servicio militar obligatorio con 18 años. Es un entrenamiento muy exigente, que dura un año si vas a la Universidad y dos en el caso contrario. Se inicia con 45 días de internado dónde se hace guardia y se aprenden tácticas y técnicas para luchar principalmente, por no decir únicamente, contra el ejército de Estados Unidos. Sin embargo, eso fue hace ya cinco años y él mismo se pregunta cuál será la situación ahora mismo tras el deshielo de las relaciones. A él le correspondió hacer sólo un año, porque entró en la Universidad para estudiar educación física. Por lo poco que entiendo, cada alumno en su último año de educación secundaria, tiene que elegir entre una decena de carreras, y dependiendo de las notas en materias importantes como Lengua, Matemáticas o Historia, obtiene o no la carrera deseada. Obviamente, cuanto mejor alumno seas, más probabilidades tienes de obtener tu carrera. Preguntamos a Ernesto qué hará tras acabar sus estudios. ‘Seguiré trabajando de taxista’; es mucho más rentable.

Le preguntamos si se notan cambios con la llegada de Raúl Castro al poder y las progresivas liberalizaciones de los últimos años. Nos confirma que sí ha habido avances; los cubanos eran autorizados a tener paladares (así se llaman los restaurantes en Cuba) así como taxis, casas y coches privados. Él ahora se iba a vivir con su novia; tuvo que vender la casa para poder comprar el coche que le permitiese seguir de taxista. ‘En otro país, hubiese podido alquilar la casa, y con ese dinero, me hubiese comprado el carro. En Cuba aún no se puede, queda mucho por hacer’. Nos pone por ejemplo el internet, censurado por el Estado. Tiene un iPhone, pero que solo le sirve para hacer fotos, llamar, mandar SMS y muy de vez en cuando, hablar por e-mail. Ernesto también nos dice que todavía no ha notado ningún cambio tras el histórico anuncio de la vuelta de las relaciones con EEUU; él esperaba al menos 5 años más en una situación similar antes de que se empezase a ver cualquier atisbo de cambio.

Llevamos unos pocos minutos por la autopista cuando pasamos por delante de la Universidad de Matanzas. “Antes de la Revolución sólo había 3 universidades”, nos dice, “la de la Habana, la de Santa Clara y la de Santiago”. No sabe decirnos cuantas hay en el país hoy en día; me informé y la cifra es superior a 40. La de Matanzas se construyó entre los años 1975 y 1985 y es de arquitectura soviética al igual que los pisos que vemos poco después a las afueras de Matanzas. Ernesto nos confirma que fueron construidos por los rusos. La mención de la Unión Soviética rememora a Ernesto la dureza de los años 90, cuando cayó la URSS y Cuba perdió su gran protector económico. Fue el Periodo Especial. Resume esos años en una palabra: terribles. “Un caos total durante 8 años. La corriente eléctrica solo llegaba dos o tres horas al día.” Seguimos rodeando la Bahía de Matanzas; del otro lado se ve una refinería. Construida en el marco de los acuerdos cubano-venezolanos de petróleo (Cuven Petrol), fue financiada por Venezuela. Sin embargo, cuando murió Hugo Chávez, la construcción quedó paralizada. Con la crisis económica azotando su país, Nicolás Maduro no ha desbloqueado la financiación para continuarla. Sin sorpresas, la parte por construir es la más costosa.

El ferrocarril de Matanzas es el más viejo de Cuba y de Latinoamérica.

El ferrocarril de Matanzas es el más viejo de Cuba y de Latinoamérica.

Nos adentramos en Matanzas, la ciudad natal de Ernesto, de 350 000 habitantes. Nos señala un antiguo cuartel militar, que Fidel Castro transformó en escuela pública una vez triunfó la Revolución. Vemos los primeros murales y paneles propagandísticos. No me da tiempo a hacer fotos, pero anoto algunas frases, como: ‘Revolución es defender valores’. Hay jóvenes jugando al béisbol (la pelota en Cuba) por todas partes: parques, rotondas… Es el deporte nacional y levanta pasiones. De hecho, Matanzas está jugando la semifinal del playoff final de la Liga cubana contra la Isla de la Juventud, y hay decenas de hinchas apostados en la carretera para recibir al equipo que vuelve de jugar a domicilio.

La autovía entre Varadero y la Habana con vistas al mar Caribe.

La autovía entre Varadero y la Habana con vistas al mar Caribe.

Al salir de Matanzas, cogemos la impecable autopista que nos lleva directamente a La Habana. ‘Es pre-revolucionaria’, nos indica Ernesto. En Cuba, lo pre-revolucionario indica que fue construido antes de 1959. En el caso de la autopista, por la Mafia Italiana, cuyos lazos y sucios negocios con el dictador Fulgencio Batista eran notorios. Tanto Batista como la Mafia deseaban urbanizar toda la costa entre Varadero y la Habana con casinos, prostíbulos y grandes resorts, convirtiendo esta parte de la isla en el Las Vegas caribeño. La Habana ya había empezado a ser un núcleo de juego, derroche y prostitución en los años 50 y la construcción de la autopista representaba un paso más en la ejecución de ese plan. Todo acabó abruptamente con la Revolución. El trayecto por la autopista es fascinante. Bordea la costa, a apenas 20 metros del mar durante decenas de kilómetros. De un lado, está la verde flora tropical, llena de valles y sierras a lo lejos, que descubriríamos en los días siguiente, y del otro, la inmensidad del mar Caribe extendiéndose por el horizonte, entremezclándose el viento marino con el aire tropical. Ante el mar, recuerdo las crisis de los balseros y pienso: “aquí tenían kilómetros y kilómetros de costa sin vigilancia y de fácil acceso para lanzarse en lancha”. Parece que Ernesto me lee la mente: nos cuenta que en la famosa crisis, por estas costas, se lanzaron al mar miles de cubanos en lanchas. También nos dice: “En Estados Unidos nos acogen con los brazos abiertos”. Tuve un pensamiento: “Qué injusto. Lo que dice es cierto, pero lo que los cubanos no saben, es que únicamente ocurre con ellos, no con los demás. Un haitiano o un mexicano no es ni mucho menos bien recibido”. De hecho, ni ellos son acogidos con los brazos abiertos en todas las ocasiones. El éxodo de Mariel se produjo porque el Estado cubano permitió a los cubanos pedir visados a Estados Unidos; fueron estos que ante la avalancha, los negaron al menos que hubiese motivos claros de persecución política. Ante la negativa, miles de cubanos cogieron entonces sus balsas y se lanzaron al mar. Pero los que llegaron no lograron ni mucho menos quedarse en Estados Unidos; fueron transportados a la base de Guantánamo (¡qué ironía!), y de ahí fueron devueltos a Cuba.

A lo largo de la costa, vemos también pozos petrolíferos, refinerías y fábricas de ron. Hay petróleo en Cuba pero contiene mucho azufre y es muy difícil de refinar. Las dos refinerías que vemos son radicalmente diferentes. La primera es cubana y la secunda es canadiense. La diferencia tecnológica es espectacular. La cubana parece fijada en el pasado, mientras que la canadiense es moderna. Por último, vemos una refinería de Ron Havana Club. Ernesto nos cuenta que Bacardi se fue cuando llegó la revolución, y que su ron pasó a llamarse Ron Santiago de Cuba. Le pregunto por la caña de azúcar, negocio histórico de Cuba. “Va a peor”. La sobreexplotación ha reducido la fertilidad del suelo, afectando al grosor y a la calidad. Antes, la caña de azúcar y sus derivados eran la gran fuente de ingresos; ahora, según él, son los médicos y  el turismo.

La conversación con Ernesto fue probablemente la más prolífica que tuvimos con todos los taxistas de la isla, hasta tal punto que con mucha guasa nos invitó a su boda en mayo. Nos dijo que las dos únicas cosas buenas de la Revolución habían sido la Educación y la Sanidad gratuitas, pero rápidamente, como queriendo excusarse por haber dicho algo positivo del Estado, añadió que los médicos eran mal pagados, que tenían que ser enviados a misiones a otros países si querían obtener beneficios, obligándoles a separarse cinco años de sus familias. Este primer trayecto a la Habana fue una especie de avant-goût de lo que vería a lo largo del viaje. Tanto arquitectónicamente, donde he visto el estilo caribeño entremezclado con el soviético, como a nivel social donde ya con Ernesto se atisba una juventud completamente desanimada.

Tras casi dos horas de viaje. Aparecen las primeras urbanizaciones de la Habana, y cada vez más paneles propagandísticos: ‘Comandante en Jefe ordene’, ‘Este es un pueblo combativo’, ‘Bloqueo, el genocidio más largo de la historia’. También vemos el campus de los Juegos Panamericanos, construido en 1991. Hay un gran estadio de béisbol con una enorme cara del Che y el único velódromo del Caribe. No tendría mucho interés si no fuera por la historia que lo rodea. La organización de los Juegos fue otorgada a Cuba en los años 1980, cuando la isla tenía cierta estabilidad económica. Tras la caída de la Unión Soviética y el comienzo del Periodo Especial, no había recursos para continuar con la construcción. Sin embargo, Fidel consideraba que sería una estocada muy grande a su orgullo renunciar a su organización, así que continuó con las obras faraónicas en los momentos más decisivos de Cuba. Los juegos se desarrollaron sin incidentes, y fueron un gran éxito para Cuba. Con un último oro en boxeo, consiguieron encabezar el medallero por primera vez en su historia.

La entrada a La Habana se hace por un peaje pre-revolucionario y por el Túnel de La Habana que pasa bajo el mar, también construido por la Mafia Italiana. Aparecemos en la Habana Vieja y nos da la bienvenida precisamente el consulado español. Del otro lado del estuario, hay una antigua fortaleza colonial española, que visitaríamos en los días siguientes. Seguimos nuestro recorrido por el Malecón a la luz del atardecer. Hay muchísima gente paseando por este paseo marítimo; me recordó a Cádiz. En medio del Malecón vemos un pedestal desde donde Fidel solía hacer discursos y frente a la estrada, el edificio que hasta recientemente albergaba la Oficina de Intereses de Estados Unidos para Suiza, que hacía informalmente de Embajada de Estados Unidos mientras las relaciones estaban rotas. Hoy en día, vuelve a ser la embajada americana. Como provocación, la Oficina colocó un panel electrónico en su fachada que proyectaba frases de los Derechos Humanos de la ONU. Sin que le temblase el pulso, Fidel Castro respondió llenando la plaza con cientos de mástiles;  cada vez que los USA activaban el panel, Fidel alzaba las banderas para tapar el mensaje.

Entramos en el Vedado por la Avenida de los Presidentes; si el Malecón me recordaba a Cádiz, esta avenida parecía un paseo español al cual van los jóvenes a charlar por la tarde. El Vedado fue en sus tiempos uno de los barrios más ricos de la Habana. Como su nombre indica, era un barrio privilegiado prohibido a los cubanos más pobres antes de la Revolución. Las casas son grandes y coloridas; antaño eran propiedad de las familias ricas de la Habana. Cuando triunfó la Revolución, muchos de los propietarios se exiliaron, y las casas fueron ocupadas por familias desfavorecidas que nunca soñaron con tener casas tan lujosas. Produce una curiosa sensación. Es una mezcla, por un lado de casas ricas, que antaño tuvieron que ser la envidia del Caribe, y por otro lado de calles hoy mucho más dejadas, desaliñadas, con niños jugando en la calle, como en cualquier pueblo (‘Ernesto’ grita una madre; ya es el segundo). Nos despedimos de nuestro Ernesto y entramos en casa de Alina, una amiga de un amigo de mis padres. Vive en una casa preciosa de estilo colonial; hay un salón en la entrada con unos elegantes sillones y un piano antiguo, que da a un pasillo central descubierto y lleno de macetas que lleva a la parte trasera de la casa. Alina nos prepara un cóctel casero a base de piña, hielo y vino tinto. El jet-lag empieza a hacer mella. Estamos tomando el cóctel a las 19h00, pero nuestro cuerpo nos recuerda que para él, es la 1 de la madrugada.

Alina nos presenta a Ray, que también es amigo del amigo de mis padres. Mientras Alina nos prepara el cóctel, hablamos con él. Tiene 28 años, está casado y tiene una hija de un año. Él, contrariamente a Ernesto, nos dice que Cuba ha cambiado mucho en los últimos cinco años. Este tipo de diferencias en las opiniones de cubanos serían constantes; unos ven el vaso medio lleno, otros medio vacío. Nos enumeró una serie de cambios que él había notado. Primero, la legalización de la compra y venta de casas y coches privados, poniendo fin a los trapicheos que había anteriormente (‘tú te casas conmigo, esta casa para mí, yo a cambio te doy mi coche…’). Segundo, el abaratamiento de las comunicaciones con USA. Antes, una llamada costaba 2.50 CUC/min, porque pasaba por un tercer país, ahora ha pasado a 0.80 CUC/min al ser directa. El internet, nos dice, es de difícil acceso, y muy caro, alrededor de 6 CUC/hora. Ray nos dijo que ya se podía empezar a recibir emails, y que al menos en la Habana, se estaba creando una especie de intranet; con algunos trucos y chanchullos, utilizando antenas, algunos expertos en telecomunicaciones estaban consiguiendo que alrededor de 9000 personas en la capital tuviesen acceso a ese internet ‘clandestino’. No lo utilizan para nada subversivo. Solamente para compartir pelis, vídeos, fotos y para jugar a videojuegos, como el Call of Duty. Cuarto: se empieza a aceptar cada vez más la crítica libre al régimen en los medios de comunicación. Alina, por su parte, nos explica que ella ha empezado a desarrollar un proyecto de cooperativa junto al Estado. En Cuba, están empresas estatales, empiezan a aparecer las privadas y luego las cooperativas, donde trabajan pequeños empresarios privados junto al Estado. Ella trabaja en un restaurante, que poco a poco va despegando.

Vista a la rampa desde la ventana de mi habitación

Vista a la rampa desde la ventana de mi habitación

Tras la agradable acogida, Alina nos lleva al que sería nuestro hogar mientras durase nuestra estancia en la Habana: un piso en la calle 23 del Vedado, también conocida como la Rampa. Nuestros inquilinos son una pareja de ancianos muy agradables, Silvia y Delfín. Nos dicen que tienen un hijo ingeniero en Getafe. El piso es pequeño, pero muy agradable, bien decorado y con una terraza que da precisamente a la Rampa. Tras una corta conversación para romper el hielo, decidimos salir a cenar. Seguimos la Avenida 23. ¡Nuestro primer paseo por suelo cubano! Es nuestra toma de contacto con la circulación habanera: por todos lados circulan los famosos almendrones, esos coches de los años 50 típicos de la Habana, mastodontes gigantes, contaminantes, ruidosos, que dejan un olor a gasolina y a goma quemada tras de sí, pero que forman gran parte de la magia de la capital cubana. Caminamos relajados, notando una brisa marina pero sin ver el mar, rodeados de olores a comida callejera. En la Rampa hay puestos de comida, discotecas, cines; una calle con mucha vida, por donde salen habitualmente los jóvenes cubanos. Alina, Ray, Silvia y Delfín han enfatizado que Cuba es terriblemente segura. Fueron unánimes: ‘Puedes caminar por la calle por la noche, no hay ningún problema’. Llegamos al Hotel Habana Libre: es el antiguo Hotel Hilton, terminado de construir en 1958 y que fue expropiado por la Revolución. Aquí se quedó Fidel Castro cuando llegó a la Habana, y desde aquí se tomaron las primeras decisiones. En frente hay un panel propagandístico en honor a José Martí. Perpendicularmente a la Rampa, está la Avenida de los Presidentes, un paseo dónde, según nos dijo Ernesto, quedaban muchos jóvenes: efectivamente, allí están, jugando al béisbol, viendo una peli en un ordenador y charlando. Cenamos en un pequeño restaurante que nos recomendaron, pero estamos cansados. Son las 21h00 hora local, pero las 03h00 en Bruselas. Al acabar, volvemos al piso y caemos rendidos. La habitación en la que dormimos mi hermano y yo es muy austera. No hace especialmente calor, pero se puede dormir con una fina sábana. Me quedo dormido escuchando el ronroneo de los almendrones circulando por la Rampa, sonriendo y feliz, porque asimilo que sí, que al fin, que ya estoy en Cuba.

Foto nocturna al rótulo del Hotel Habana Libre

Foto nocturna al rótulo del Hotel Habana Libre

Nuestro primer paseo por la rampa y nuestros primeros almendrones.

Nuestro primer paseo por la rampa y nuestros primeros almendrones.

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